Los aniversarios están llenos de nostalgia. Y los cumpleaños de la tele de imágenes que tienen garantizada la añoranza, no tanto por su calidad, sino porque están ligadas a nuestras biografías. Con el sexagésimo aniversario de la tele en España se multiplican en los medios las referencias “cariñosas” que no son sino caricias a nosotros mismos, más que a esa televisión pasada que ha ido acompañándonos a lo largo del tiempo: nombres, personajes, series emblemáticas, imágenes inolvidables, concursos que congregaron la atención de la sociedad española durante semanas. Todo muy bonito.

Pero, después de celebraciones y nostalgias, conviene pensar un poco en qué han supuesto realmente estos 60 años vividos en compañía diaria de la televisión. ¿Nos ha ayudado a comprender el mundo? ¿Realmente la tele ha ayudado a construir una sociedad mejor? ¿Somos mejores ahora que hace sesenta años gracias a ella? ¿Ha cumplido con la misión de informar, formar y entretener que la vio nacer? ¿Ha aumentado nuestro grado de libertad y responsabilidad? ¿Recibimos de ella exigentes dosis de verdad, bondad, belleza? ¿Ha sido una aliada de la familia, colaborando con los padres en la educación de sus hijos? ¿Qué hemos ganado y qué hemos perdido?

Sesenta años de televisión. Del blanco y negro, al color. Del monopolio de RTVE a la irrupción de las privadas. De la multiplicidad de la oferta de canales a la uniformidad de lo que ofrecen. De la última decisión de la voluntad –levantarse- al mando a distancia. Del adelgazamiento de los televisores de plasma a la obesidad de los espectadores en el diván. De la mejora progresiva de la definición del continente al empeoramiento progresivo del contenido. De los payasos de la tele a los payasos diabólicos. De la Familia Telerín, a la familia teledirigida. Del lujo de La Clave al Sálvame deluxe. De la hegemonía de la imagen, a la debilitación del pensamiento. De la profundización en la realidad a la banalidad del reality.  Del Gran Hermano de Orwell al Gran Hermano de tele5. Del Mundo Feliz de Huxley al Divertirse hasta morir de Postman. De la política a la videopolítica. De los ciudadanos que pudimos ser a los telespectadores que somos. De la información al espectáculo. De la democracia a la videocracia. Del hacernos testigos de la realidad al impedir que nos esforcemos en comprenderla.  Del Fúbol, siempre. Y, por encima de todo, –volvemos en siete minutos– la publicidad, la publicidad, la publicidad, la publicidad, la publicidad… más menos ciento veinte millones de anuncios.