Ya vengo diciendo que el patio, es decir, el medioambiente simbólico, se está poblando poco a poco de ciberrealistas. Las tecnologías ya no son nuevas y sus efectos en la educación, la información y la sociedad van produciendo cada vez más opinión crítica que a lo mejor encauza tanta mixtificación. Ya no estamos en el marasmo del ciberoptimismo paralizante en el que hemos vivido como francotiradores solitarios. Ahora, miras a derecha e izquierda y, al menos, ves algunos compañeros si no de batallón, al menos de patrulla.

Como ejemplo el XLSemanal que mi suegra, que es una santa, me proporciona puntualmente cada semana y que en un solo número acumula tres reflexiones tecnológicas críticas. Primero Echando más pan a los patos, de Pérez Reverte, que, entre otras cosas que os animo a leer, define Twitter como un “experimento fascinante‘ de contacto con ‘la irrealidad del mundo real‘, es decir, con ‘el retrato más disparatado, caricatura grotesca del ser humano, construyendo o pretendiendo hacerlo, con la osadía de su ignorancia, la arrogancia de su vanidad o lo turbio de su infamia, un mundo virtual que nada tiene que ver con el real. Un conjunto de usos y códigos […] que pretende imponerse sobre el sentido común y la inteligencia”.

Por su parte, y en la página siguiente, De Prada titula su parcela Un nuevo Dios, en la que cuenta que el internet que nació como una promesa “se ha convertido en la jaula dorada donde los dueños del cotarro apacientan a unas masas cada vez más gregarias, cada vez más fanatizadas, cada vez más primarias, cada vez más endogámicas”. El cristal más o menos deformante de los antiguos intermediarios mediáticos es ahora una burbuja en la que “nunca la información había sido tan monopolizada por los poderosos” y en la que, sin embargo, estamos encantados.

La puntilla la da Carmen Posadas con Sobrevivir en el mundo del yo, yo, yo que comienza su artículo con esta enumeración: “Quinceañeros que se hacen selfies caminando por el pretil de edificios de cincuenta pisos; un padre de familia que cuelga en Internet su ‘proeza’ de conducir a doscientos cincuenta kilómetros por hora con un bebé al lado; infinitos blogueros, tuiteros y facebookeros – y youtubers e instagramers y …-que retransmiten en directo todas sus intimidades, pero también sus más absurdas banalidades”,‘ que incluyen desayuno, merienda y cena, fotos incluídas y que son una auténtica explosión del yo hasta incluso la muerte, como las personas que mueren cada año engullidas por las olas con las que se autoretratan. El número de millones de fotos que se suben cada año a las redes en busca de la aprobación de un like -nos cuenta Posadas- no deja de aumentar, generando en los usuarios más intensos tolerancia, ansiedad, dependencia y finalmente la frustración de no llegar a ser nunca ni Steve Jobs o ni siquiera Belén Esteban.

Esa era la puntilla, pero aún hay otro colofón en un pequeño suelto de la página 11:”Los niños españoles, alertan los expertos, engullen calorías en exceso y se mueven poco. Muchos, de hecho, apenas prueban el pescado, las legumbres, las verduras y las frutas mientras pasan horas frente a móviles, tabletas y televisores”.

Lo descrito por los tres articulistas no es muy positivo para las tecnologías, pero es que, además, engordan.