Este cronista tiene costumbres como visitar algún enfermo en el hospital. Característica fundamental del enfermo es que no debe tener familia. Su única familia es la soledad.

Hace tres años conocí al rudo Aniceto. Le dieron el alta del hospital y para su casa que se fue. Vivía en Quinto de Ebro. Solo. Todos sus días eran iguales: cortado por la mañana como pago por llevar el periódico al bar; comía a las once y su merienda-cena, a las cinco, que siempre consistía en una pieza de fruta y un yogurt con sabor a galleta. Todo ello, acompañado por su inseparable programación de televisión. Le gustaban las de vaqueros y seguía toda la actualidad informativa. Tiraba más a Rubalcaba, aunque era otro español desengañado por la clase política.

Vivimos Eurovisión, seguimos a la selección española e, incluso, dábamos el salto a la alterada Venezuela. El salto era imaginario, porque su gran problema era la circulación en las piernas. No les relataré como eran. Y, entre acontecimiento y acontecimiento, llegábamos a Navidad, donde su tristeza asaltaba el muro de su comportamiento rudo, a su cumpleaños e, incluso, al 17 de abril, donde le gustaba recordar su onomástica.

El pasado sábado me sobresaltaba una llamada del hospital. En su cartera sólo estaba el teléfono del Zorro. Fiel reflejo de sus últimos años o de toda una vida. Con familia, pero solo. Nunca se casó. Nunca salió de Aragón.

Hace quince días le llevé dos bicicletas –de segunda mano- para que eligiese una de ellas. No le gustó ninguna, porque no tenían para colocar la cesta –cajón de fruta-. Pensó que el zorro se las iba a regalar. Me volví con ellas. Pensé que lo mejor era que estuviese unos días sin recibir una llamada. Me había dolido. Su eterno egoísmo me enfadó.

Me enteré el sábado que lo habían ingresado. ¿Por qué no me llamaría? ¿Se sentía en deuda? ¿Sabía de mi enfado? Seguro que sí… Se fue solo en el hospital. Yo también fui egoista. Me puse a su altura cuando no debía de haber caído en ese comportamiento.

Me emociono pensando que no me he despedido. Mi Pepito Grillo me traicionó. Aniceto, lo siento.