Cómo combatir el miedo escénico, por Juan Carlos Blanco

En los últimos meses he dado algunas charlas y conferencias sobre cómo hablar en público en las que he desarrollado algunas ideas para superar ese miedo escénico que paraliza a tantísima gente y que puede incluso afectarles en el desarrollo de sus carreras profesionales. Y en todas ellas digo que en esto, como en casi todo, hay que empezar por el principio. Y el principio, aquí, no es el momento en el que te pones a hablar en público, sino aquél en el que te pones a pensar qué demonios vas a decir cuando te pongas delante de la gente y porqué vas a contarles lo que quieres contarles.

A la hora de hablar en público hay que distinguir tres fases: la fabricación de las ideas del discurso, su escritura y su puesta en escena. Si te tomas tu tiempo para trabajar las dos primeras fases, habrás puesto las bases para salir con éxito de la tercera. Prueba y verás.

La fabricación y escritura del discurso

En cuanto a la elaboración del discurso, lo primero que hay que hacer es pensar, discutir y apuntarlas ideas que se quieren exponer (en una tormenta de ideas hay que incluir incluso las que nos puedan parecer disparatadas, que luego nunca se sabe…), luego hay que decidir cuáles son aquellas que se van a exponer y, por último, hay que ordenarlas y, si es necesario para tener bien claro ese orden, incluso enumerándolas.

A partir de aquí, toca preparar y escribir tu intervención, ya sea ésta una charla, un discurso, una reunión de trabajo o lo que te toque. En algún otro artículo he contado que yo aquí siempre sigo lo que decía Luis Aragonés sobre los equipos de fútbol: que un conjunto sólo funcionaba si tenía un buen pasillo de seguridad, es decir, un buen portero, un defensa central contundente, un medio centro capaz de leer y controlar el juego y un delantero centro que tuviera gol. ¿Y cuál es es ese pasillo de seguridad a la hora de prepararse una buena intervención? Pues el arranque, las ideas fuerza, las historias y el final.

Como veréis, no estoy hablando de fórmulas endiabladas sino de algo bien sencillo. Hay que prepararse bien el arranque y el final de la intervención y las ideas fuerza que quieres trasladar a tu audiencia. Y como nos estamos dirigiendo a personas y no a neveras o a contenedores de barco, hay que salpicar nuestra intervención con historias y con anécdotas el final con las que logres conectar emocionalmente con ellos.

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A qué le llamamos escribir bien

Tan importante como lo que vas a decir es el modo en el que lo hagas. Por alguna razón o leyenda urbana que se me escapa, se supone que escribir bien es rellenar un texto de circunloquios verbales muy barrocos y emplatarlo con una sucesión inagotable de lugares comunes, frases hechas, adverbios y una ristra de adjetivos a cada cual más empalagoso. Pues no. En la mayoría de las ocasiones, escribir bien es escribir sencillo. James Joyce sólo hay uno. Y no, no eres tú.

Cuando vayas a preparar tu intervención, recuerda dos ideas imprescindibles.

1. Sé sencillo. Menos es más. En el caso de que uses una presentación, intenta que tus diapositivas e imágenes no parezcan las mismas que utilizaron los norteamericanos cuando desembarcaron en Normandía. No hace falta que pongas treinta flechas en cada diapositiva. Las ideas, mejor de una en una. No atiborres de información a sus oyentes, que no te patrocina el Instituto de Estadística.

Y 2. Sé claro. Como ya hemos dicho, no eres una mezcla de Góngora y Quevedo, así que tu principal objetivo es que se te entienda. Utiliza un lenguaje comprensible y evita el engolamiento y la rimbombancia. Te ahorrarás la condena por un delito grave de cursilería. Y, por cierto, si quieres que te entiendan, aclárate tú primero qué quieres decir. En muchas ocasiones, el problema de un discurso no es el texto, sino que su autor tiene en realidad un batiburrillo mental digno de estudio y no es capaz de aclararse ni consigo mismo.

El momento de hablar en público

Sí, ya lo sé, para algunos, eso de hablar en público le genera la misma tranquilidad que ver a Jack Nicholson volviéndose majareta en El resplandor. Pero precisamente por eso es tan importante el trabajo previo de ordenar y hasta enumerar lo que quieras decir: porque aporta tranquilidad.

Antes que nada, lo más importante: no os obsesionéis. Una de las características de quien tiene miedo de hablar en público es que en los días previos se obsesiona tanto con la idea del fracaso que termina provocando la típica profecía autocumplida: de tanto pensar que te va a salir mal, termina saliéndote mal. Qué extraño, ¿no? (por si alguno no lo ha pillado: esto último que acabo de escribir es ironía 😜).

Por cierto, yo nunca digo que se puede acabar con el miedo escénico. Lo que sostengo es que se puede convivir con él y controlarlo. O, para ser más precisos, lo que se puede y se debe hacer con él es aparcarlo y no dedicarle ni un minuto de nuestro tiempo.

¿Cómo? Dedicando tu mente a pensar en cualquier cosa que no sea el miedo a fracasar.Recuerda antes que nada que no hemos venido a este mundo a sufrir y que hay que evitar que una intervención, un discurso o una simple charla se convierta en un martirio sádico.

 

Armas de distracción masivas contra el miedo escénico

Pensemos en el caso, por ejemplo, de que tengas que dar una charla. Ya veréis que los consejos que os doy no son un ejemplo de innovación disruptiva que abrirá vuestras mentes a un mundo nuevo repleto de sensaciones placenteras. Pero es que no necesitáis eso.

1. Llega antes al escenario donde vas a dar tu discurso. Y, si puedes, ensaya lo que vas a decir…y respira.

2. Si puedes, date aunque sea cuatro o cinco minutos para estar solo y tranquilo…y respira.

3. ¿Tienes algo de tiempo? Pues haz algo tan subversivo como dar un simple paseo…y respira.

4. Ya sé que alguno se puede relajar mucho escuchando a Iron Maiden o a Barricada, pero para el común de los mortales, hay pocas cosas más relajantes que escuchar música tranquila…y a respirar.

5. El meme-recurso. No me digas que no te habías dado cuenta de que la risa relaja. Prueba a reírte con algo muy divertido antes de salir a hablar en público. Te aseguro que se nota. Sobre todo si después de pasar por ese buen momento, inspiras una buena bocanada de aire friso.

6. Visualiza escenas de tu vida que te hagan sentir bien…y respira. Pues sí, resulta que cuando piensas en algo positivo, tu propio cuerpo se predispone a destensarse.

7. Tómate tu tiempo cuando empieces a hablar. Date un minuto para beber un poco de agua (no, no valen cervezas 🍺 ni alguna que otra bebida espirituosa, salvo que te haga ilusión hacer el ridiculo y que tu imagen se hunda hasta el subsuelo). Mejor un minuto de silencio que veinte de nervios.

8. Memoriza tus tres primeros minutos de intervención. Los peores momentos de una intervención siempre los iniciales, ésos en los que sientes que te falta la respiración y piensas que la humanidad entera y lo que haya de vida extraterrestre en el espacio se han dado cuenta de que estás nervioso. Prueba a memorizar tu arranque. Te servirá para ir ganando tiempo hasta que te termines de tranquilizar.

9. Cuando ya estés hablando, procura que no parezcas Usain Bolt. No aceleres. Si hablas más y más rápido, no es que vayas a acabar antes; lo que va a parecer es que estás enganchado a alguna sustancia poco recomendable. Si vas tranquilo, mucho mejor.

Y 10. Convéncete de que lo vas a hacer muy bien. El principal enemigo que tienes para hablar en público eres tú mismo. Dite a ti mismo todas las veces que sea necesario que el discurso, la charla o la intervención te van a salir muy bien…y respira.

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