Dónde vas y dónde van tus campañas. Cómo estás tratando al cliente. Por qué no cosechas montañas de 5 estrellitas en las reseñas de Google. Por qué cuesta tanto poner en marcha el carrito de tu ecommerce.

Cuando tengas dudas sobre hacia dónde vas en tus campañas, vuelve a casa de tus padres.

No hay refugio más seguro, ni mejor botón de RESET. La casa de los padres es una bofetada perfecta de realidad donde no cabe engagement ni performance ni programática ni CPM ni Analytics ni hostias.

 

Ellos nacieron cuando no había nada. No tuvieron otros juguetes que los que ellos mismo fabricaban, no fueron al colegio (y lo deseaban), ni carreras ni máster. No tuvieron Erasmus ni Interrail ni pasaporte siquiera. Nada.

La vida estaba desprovista de todo lo adicional. Te dieron todo y “todo” era muy poco, pero era impagable.

Cuando tengas dudas vuelve a casa de tus padres. Ahí vive lo esencial, lo básico, lo real. El resto es artificio y decorado.

Se nos olvida por el camino que los clientes son personas. Con sueños, ilusiones, capacidad limitada, orgullo, metas. Que cada euro que dedican a nuestro producto ha salido de su esfuerzo. Hablamos de marketing emocional pero no nos sentamos con los clientes a charlar. Nos refugiamos en incrementos de tráfico, dopaje de ventas, lead. La conversión nos provoca dispersión.

Después de muchos años trabajando campañas con la venda en los ojos, en los años off, la era digital fue para mí un regalo. Poder ver resultados y verlos en tiempo real es una alimento imprescindible del marketero.

Tanto que me he aficionado a las hojas de excel y los gráficos. A las curvas y las conclusiones numéricas. Así somos los becarios, nos dan un bocata de choped y nos emocionamos. Nos dan jamón y cambiamos de religión, de partido político y de sexo, si es menester.

Los datos nos han hecho pseudo-sabios. Sabioncillos. Resabidillos. A veces me paro, veo un comentario en redes, una reseña en Google, escucho una llamada a Atención al Cliente, leo un mensaje… y se me caen los números al suelo.

Por eso, cuando me entran dudas vuelvo a casa de mis padres. A lo básico. A la realidad. Al enchufe donde se carga la humildad y la honestidad. Vuelvo a casa, muy contento, reseteado. Aunque sea una faena vivir en el quinto carallo y tener coche viejo, de becario.