Hace unos días se conmemoraba el Día Internacional de Eliminación de la violencia contra la Mujer. Los distintos colectivos se manifiestan justificadamente escandalizados ante el número de muertes por la violencia machista y las redes sociales  hierven –como siempre– de indignación ante el espectáculo informativo de las víctimas.

Reclaman –también como siempre- educación en la escuela, aunque los ya viejos póntelo, pónselo preventivos y el actual y pertinente No es no no hayan conseguido en años disminuir ni las ETS, ni los embarazos no deseados, ni la vulnerabilidad femenina, tal y como demuestran las cifras de agresiones y de acoso que nunca han sido tan altas como ahora y que ponen de manifiesto que el famoso empoderamiento femenino ha convertido a las mujeres de hoy en más víctimas de lo que fueron nunca las de ayer.

Se demanda educación en la escuela, pero, mientras tanto, el acceso temprano al teléfono móvil está haciendo que, para muchos chavales a partir de los once o doce años, el consumo de pornografía sea la escuela en la que aprenden que el papel de la mujer es el de convertirse en un juguete sexual para la satisfacción masculina; es el dispositivo a través del cual las chantajean afectivamente para que exhiban su cuerpo en el sexting y el medio con el que controlan –machismo 2.0– qué dicen, qué hacen o qué se ponen cada fin de semana. Y para muchas chicas, supone el aprendizaje de que efectivamente deben convertirse en un objeto de consumo y sumisión para que no las tilden de retraídas y timoratas o simplemente para que las quieran, y de que su aspecto físico es lo más importe de su persona sometiéndose a una fortísima presión para su exhibición pública  24/7 en las redes.

Se reclama educación, pero, mientras tanto, las dating apps convierten, en muchos casos, las relaciones humanas en un puro mercadeo sexual.

Quieren que las escuelas eduquen, pero mientras tanto la escuela divertida que es la tele en sus series, pelis y realitis nos da una visión genital, reductora y deformante de la sexualidad y la publicidad nos bombardea cosificando a las mujeres utilizándolas como reclamo y llenando de estereotipos  falsos nuestras pantallas.

Desean que las familias eduquen, pero, la presión de lo políticamente correcto desplegada en el medioambiente simbólico provoca que determinados conceptos como la vulnerabilidad femenina; la masculinidad;  la feminidad; el pudor; la intimidad; el respeto; la fidelidad; la espera, el amor; la fecundidad; la paternidad y la maternidad y, en fin, el infinito, complejo y profundo universo de la persona humana…, sean automáticamente proscritos al terreno del tabú o de la obsolescencia ideológica.

La tribu se manifiesta en la calle, se metamorfosea en horda en las redes, llega, en ocasiones, a convertirse en manada e incluso en piara multiplicada en selfis, imágenes y pantallas y así no es fácil llevar a cabo la imprescindible tarea de educar.