Cuando García Márquez arrancó Crónica de una Muerte Anunciada no sabía que estaba pariendo el periodismo, la publicidad, y el pensamiento político moderno.

Hoy, todo está en la superficie, el argumento deshidratado hasta el extremo, y la ilustración-resumen. ¿Le suenan estos titulares?: “NUNCA CREERÍAS LO QUE LE PASÓ A ESTE CERVATILLO” o bien “HASTA EL FINAL DE ESTE VÍDEO NO DESCUBRIÓ QUIÉN ERA LA PERSONA QUE TENÍA AL LADO”.

Es cierto que García Márquez desvelaba el final y nos atrapaba desde ese momento para la trama. Infinitamente más sutil. Magistral. El periodismo -online- de hoy necesita el click, es decir, mostrar la publicidad del site web y para eso se salta la sutileza y te lanza una promesa de contenido flipante (que luego, las más de las veces ni flipa ni es original ni está a la altura del anzuelo).

Un click y una frase. Y una imagen, o un vídeo de un minuto. Las más extraordinarias noticias son poco más que eso. Tu producto también, el último largometraje ganador de un Óscar o el best seller del año. Incluso la extraordinaria historia de un diplomático que salvó miles de niños judíos en la Segunda Guerra Mundial no es más que un vídeo de un minuto.

Seamos sinceros. No nos gusta trabajar. Hemos aparcado la música, la filosofía, el pensamiento abstracto, el arte, la creatividad… todas requerían esfuerzo. Y el esfuerzo se le da mejor a unas personas que a otras, no necesariamente ligadas a los líderes, los empresarios, los propietarios, los herederos. Parece quien lo ha tenido fácil en sus primeros años es menos propenso al esfuerzo.

Desde el origen de la Economía, la transferencia de capacidades no se ha hecho entre los mejores sino entre los elegidos. Ha estado adulterada por el instinto simio de supervivencia y la predilección por la protección de la propia prole. Escuchar hoy en día hablar de meritocracia tiene la gracia anacrónica de un chiste de mariquitas de Arévalo (ninguna).

Si no nos gusta trabajar, menos todavía pensar. Por eso funcionan mejor los partidos políticos cuyo “pensamiento” es una sarta de (máximo 5, los que podemos recordar) titulares mal escritos, plagados de tópicos (¿qué importa la Verdad?) que son capaces de conformar posiciones sólidas e inamovibles.

Este pensamiento resumido es extraordinariamente práctico, puede repetirse hasta adoptarlo ad vitam y, sobre todo, no deja espacio a la duda ni a la disensión, ese horrible virus que contamina las copas con las que brindan las izquierdas a la salud de sus escasos éxitos.

¿Y el marketing en todo esto? ¿Debemos utilizar los mismos códigos? ¿Debemos resumir la comunicación hasta el empobrecimiento, lo obvio, lo inmediato, lo fácil? ¿Una sociedad idiotizada… a quién comprará más fácilmente? ¿A quién votará? (¿A quien paga por ser visto?). ¡Ojo! “Yo no soy tonto”.

Reducir el valor intelectual de las personas equivale a devolver el poder económico a quien mayor poder ya tiene. Volvemos a pasos agigantados al supremacía de la Publicidad, por encima de la Verdad, la Autenticidad, el Contenido.

Durante un tiempo creímos que la democratización de los canales de difusión traería mayor calidad, más verdad, mejor progreso. Creímos en la visibilización del brillante, el disruptor, el creador, todo al amparo de la mágica viralidad propiciada por clientes preocupados por la calidad. Lamentablemente hemos sepultado todo eso a base de dinero y fake news, de empobrecimiento cultural y transformación de los peligrosos pensadores en dóciles consumidores.

Buena parte de esta nueva pobreza mental es responsabilidad de ese gigante llamado Facebook, que transformó visibilidad de contenido en visibilidad de Publicidad (fake news incluídas) con cero escrúpulos. Poco le importó a Mark poner en el gobierno de su país a un incapaz intelectual de tomo y lomo, paradigma de esa regresión intelectual de que os habla el becario, con su gobierno a base de tweets y hamburguesas.

En este océano de plásticos, microplásticos y más basuras flotantes, se nos hizo creer que el Contenido era el nuevo rey, en el valor del SEO, de la excelencia, de la diferenciación. Algo así como la posibilidad de ser el David dentro de este ecosistema de Goliats. Pudo ser, pero ya no.

Confiar hoy el éxito de un proyecto al SEO es como confiar en el premio gordo de la lotería. Ocurre, pero a unos pocos, y más vale que tengan dimensión para mantener un buen equipo. Para una micropyme, es algo así como iniciar hoy el viaje de Forest Gump y pretender ser recibido en la White House pasado mañana.

Y esto es así sencillamente porque tanto Facebook como Amazon o Google se mueven al son de los euros y los dólares. Están haciendo la carrera de su vida para comerle los mocos al vecino. Punto pelota. El resto, lamentablemente, es encontrar la pepita de oro en el arroyo de Wisconsin.

Por supuesto tu contenido basura no te va a ayudar. Por supuesto hay medios que utilizan muy bien los titulares-reclamo y tienen detrás un buen contenido. Por supuesto hay empresas donde todo es verdad y se sigue la filosofía al pie de la letra, y el producto es fantástico y el cliente está en el centro del pensamiento. Por supuesto. Pero ¿qué puede un negocio basado en la calidad sin presupuesto para SEM comparado con un competidor con capacidad financiera a cascoporro?

Por ejemplo, el becario crea este contenido a concienzudamente, mecanografiando como un maldito, después de servirle al jefe un Johnnie Walker y antes de ponerle en conferencia con su esposa Megan para discutir la lista de invitados del Día de Acción de Gracias. Pocos pasarán del titular, alguien buscará en Google “comienzo de crónica de una muerte anunciada”. Para los héroes del contenido, los que aún no renegaron del esfuerzo, los que han leído hasta aquí, les regalo la respuesta (que probablemente conozcan): “El día que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5:30 de la mañana…”

Por lo demás, este contenido y el becario con él pasarán inadvertidos. Lo cual tiene también su encanto. El encanto de la gente que no hace ruido.

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