Creemos que la informática lo resuelve todo. Y sí, nos facilita la vida aunque no sea de gratis. Que se lo digan a los fotógrafos —a los profesionales, me refiero—, cuyo trabajo ha perdido todo valor, ya que cualquiera con un dispositivo en la mano es capaz de retratarlo todo, de manipularlo, de poner y quitar elementos en las imágenes gracias a unos programas que vienen incorporados al instrumental móvil.

La democracia imaginera ha fagocitado a los artistas de la placa congelada y a los laboratorios en los que antes se elaboraba magia. Parece una broma que un fotógrafo te venga hoy con un “portfolio” de sus trabajos revelados en albumina, cuando cualquier intruso es capaz de apretar el circulito de la pantalla plana, para reventar de instantáneas su cuenta en Instagram.

Que se lo digan a una familia a la que acabo de conocer, él médico de prestigio, ella pintora afamada, que por fin ha visto cumplido el sueño de mudarse a una casa construida con los últimos gritos de la domótica. Una casa inteligente, dicen los vendedores que creen, a pies juntillas, que la felicidad es una sucesión de unos y ceros, un lápiz óptico, un disco duro y un par de juegos de llaves que, mediante un minúsculo dispositivo recargable con USB, ni siquiera precisan de cerradura para abrir las puertas.

A causa de la domótica (repito el término, porque acabo de incorporarlo a mi vocabulario), la entrega de la casa se demoró unos cuantos meses para desesperación del matrimonio, cansado de vivir de alquiler. Unas veces eran las conexiones, que no se entendían entre ellas, otras un chip que todavía no había llegado desde Japón… Cuando al fin hicieron la mudanza –hace un par de semanas— la domótica (y van tres) les mostró su verdadero rostro: la casa inteligente no quiere ser gobernada por sus dueños.

Por eso las persianas suben y bajan a su antojo sin que nadie haya apretado el botón. Por eso la calefacción y el aire acondicionado se divierten en una febril anarquía que causa estornudos, fiebres y frenadoles. Por eso las luces se encienden a las cuatro de la mañana, interrumpiendo el sueño de mis nuevos amigos. Por eso el médico ha decidido utilizar el bisturí para cortar cables, destripar discos duros y castrar entradas y salidas de puertos que se pueden conectar, directamente, al ordenador del hospital.