Allá por la mitad de los sesenta y durante veinte años, pendían repentinamente en una esquina de nuestros viejos televisores dos rombos que, de inmediato, suponían el fin de emisión para la mayoría de los niños teleadictos de la época. El filósofo y profesor en Comunicación Marshall McLuhan se quedaba corto, aquí en nuestra España, no solo el medio era el mensaje, sino que era el camino más corto para irse directamente a la cama. En ella, los niños de entonces rumiábamos nuestra frustración y, eso sí, culminábamos lo apenas entrevisto con nuestra febril imaginación. El arte de sugerir en lugar de mostrar, podríamos decirnos como consuelo.  Y eso mucho antes de llegar a Hitchcock, Truffaut o Spielberg (sin duda todos ellos debieron ser niños prematuramente enviados a la cama.).

No hay duda de que aquellos míticos dos rombos suponían la existencia de un mundo por descubrir. Lo haríamos unos cuantos años más tarde, muchos dotados con las dioptrías que -secuelas de nuestra curiosidad tan malsana como biensana-,  nos iban a aportar tantas noches de vigilia atisbando en las rendijas de la puerta que daban al salón de la tele.

¡Pero qué curioso que los rombos ocultaran, sin querer, joyas de categoría ahora mismo inalcanzables! El talento en blanco y negro del que nos nutrimos hasta  colorear nuestra vida.

Eros y Tanatos. Era nuestro Norte, nuestro fin. Amor y muerte. Miedo y placer. Todo prohibido. Encarcelado en los dichosos rombos, tantas veces de incomprensible aplicación. Bajo sus rejas pasaron El agente de Cipol, El Santo, Los Persuasores, luego hasta Los Ángeles de Charlie, Starsky y Hutch o Colombo (uno de sus episodios lo dirigiría Spielberg, toda otra metáfora generacional y un salto en el tiempo para los futuros cinéfilos que sufrieron los dichosos rombos.).

¿Y en España? Historias para no dormir, ¿Es usted el asesino?, Historias de la Frivolidad, El asfalto, La cabina (a todas ellas, volveremos en próximos episodios).  En cuanto al cine, mejor ni recordarlo: cualquier película parecía por entonces digna de ser coronada por los simbolitos y, por tanto, convertida en un misterio cuando no en una obra de culto tantas veces discutible e insufrible.

Luego el miedo y el erotismo se hicieron menos vigilados y más explícitos, con los delirios discotequeros de Lazarov, siempre empachado del Richard Lester de Qué noche la de aquel día o Help, hasta la pachanga hortera de las Mamáchichos de marras. Ya no había rombos. Y, sin embargo, ¡cuánto aburrimiento!

Ahora que ya no se alzan esos rombos en nuestras televisiones públicas, y mucho menos privadas, cabe preguntarse, a falta de imaginación y riesgo, si no sería saludable para todos que, a día de hoy, sus responsables se preocuparan de tener, al menos, la dignidad de evitarnos espectáculos grotescos en los que priman discusiones forzadas –y forjadas- a base de gritos e insultos; debates irrisorios en momentos que reclaman sensatez y, en suma, toda una amalgama de impune mal gusto.

Y todo empaquetado en formatos que, aunque parecen destinados a la extinción por agotamiento, tal vez por eso, emiten terribles estertores. Algunos, en horarios infantiles, supuestamente protegidos por ley. Un eufemismo, pues nada dedicado a ellos se exhibe. Y ya puestos a pedir, reclamar protección también para los adultos, para los niños que fuimos, aún criados bajo los dos rombos, de manera que, de ser preciso, aparecieran de nuevo, ya no en la tele de nuestros salones de adultos, sino en el teleprónter de aquellos que no tienen el menor pudor de ponerse delante de una cámara para leer embustes e intentar engañar a la gente, por mucho que se disfracen del Locomotoro de Los Chiripitifláuticos.