Hace 40 años, en el verano de 1975, un joven director de cine estrenaba su segunda película: la historia de un gran tiburón blanco que sembraba el terror entre los turistas de una localidad costera estadounidense. Al margen de sus cualidades cinematográficas, el gran mérito de ese joven de 28 años, curtido en la realización de ficciones televisivas, fue el de convertir su Tiburón en el primer blockbuster veraniego. Esa película que parece destinada a hacer una gran recaudación, esa película que los sesudos críticos desprecian por ser entretenida y que, indirectamente, permite que se pueda hacer otro tipo de cine menos comercial y más del gusto de los jueces de la excelencia cinematográfica.

tiburon

Steven Spielberg y su criatura jugaban con nuestros miedos más primarios y atávicos, mientras convertían a Tiburón en la primera película de la historia que recaudaba más de 100 millones de dólares en Estados Unidos. Metían el miedo en el cuerpo a esos espectadores que, después de verla, miraban con recelo al mar cuando se bañaban en él y, a la vez, redefinía el concepto de cine como espectáculo de masas.

Fue también el nacimiento de la figura de Steven Spielberg como un director de grandes éxitos, popular y conocido por el gran público, a la manera en que lo fue Alfred Hitchcock.

Han pasado 40 años y ni Spielberg ni su propuesta cinematográfica se han hecho viejos, como demuestra el estreno de Jurassic world, que ha roto taquillas y que sigue el camino de baldosas doradas marcado con el símbolo del dólar por el director norteamericano. Aunque él no firma la realización de esta última película, la sombra de quien dirigió Tiburón o Parque Jurásico parece rondar muy cerca.