En determinadas ocasiones todos somos dados a sufrir pesadillas. Los especialistas nos dirán que éstas no ocupan todas las fases de nuestro sueño, pero de lo que nos acordamos nada más abrir el ojo, cuando aún nos atrapa el narcótico del supuesto descanso, es de esos jardines de El Bosco en los que un diablo nos deglute al tiempo que las manos se nos convierten en pies de rana.

Los sueños horribles vienen precedidos de una cena copiosa, de un disgusto, de un estado de tensión continuada, del proceso febril o como efecto secundario de alguna medicación. Y son un rodillo que aplasta el relajo, un pellizco que nos acelera el corazón en incómodas palpitaciones y nos tensiona los músculos de las piernas, hasta convertirlos en varas de acero.

Hay noches en las que las pesadillas, con un capirotazo, me despiertan a destiempo, en medio de la madrugada. Confuso, a esas horas no sé si aún estoy en la calle sin zapatos ni calcetines, si me han encerrado en un coche fúnebre, si alguien se empeña en llevarme a un concierto de Karina o si he perdido la noción del tiempo que llevo a la espera de la atención de un funcionario de ventanilla, sin que los altavoces pronuncien mi nombre.

¡Pobres funcionarios! Son el gremio incomprendido. En buena medida, a causa de la precariedad de medios en la que se ven obligados a realizar su trabajo (ya sé: en números totales son demasiados, y comprometen el objetivo de déficit público, pero a la hora de atender al ciudadano, en muchas ocasiones, son pocos). ¿Escribo desde el resentimiento? Quizás, pero mi animadversión no recae en la persona que esta tarde tenía como misión resolverme un asunto administrativo, sino en la caótica acumulación de turnos; veces; yo estaba antes que usted; pues no haberse ido a por una cocacola; a paseo, señora; ¿dónde dan los papelitos?; tres horas y cuarto y siguen sin atenderme; estos me van a oír; que llamen a un superior; yo pago mis impuestos; no sabía que había que traer una foto… en esa colección de frases que llevamos en la reserva cuando vamos a pasar las horas muertas frente a una ventanilla.