Hace unos días, escuchaba a un economista en la Cadena Ser que decía, desconcertado, que también la Bolsa había reaccionado emocionalmente a la elección de Donald Trump como presidente de Estados Unidos. En teoría, los mercados suelen responder con bajadas a las situaciones de incertidumbre. En este momento, todo alrededor de Trump es una incógnita. Y, sin embargo, los valores han subido en todos los mercados internacionales.

Y es que, todavía nos cuesta volver a poner los ojos en las órbitas tras el sorprendente resultado de las elecciones en EEUU. Desde España, nos preguntamos qué les ha podido pasar por la cabeza a los norteamericanos para elegir a este “exótico” presidente. Si antes de las elecciones norteamericanas, durante la larga y tediosa campaña se incidía en el perfil de votante blanco, de clase media venida a menos y hostigado por la crisis, como potencial votante de Trump; tras el gran fiasco de los demócratas, se insiste en este factor, como clave del resultado. Sin embargo, nadie había calculado el enorme nivel de desafección entre negros, latinos, mujeres o jóvenes universitarios por la candidata demócrata, que fueron las minorías que le dieron a Obama el triunfo.

En cualquier caso, ahondando en las tesis de los nuevos populismos que surgen al calor de la crisis y en un mundo en transformación con grandes incertidumbres, hay un elemento de la nueva política que está siendo determinante en estos resultados. Quizás esta tesis resulte peregrina y poco seria, pero merece la pena detenerse un momento a pensar. Echando mano del que se ha convertido en “mi filósofo de cabecera”, Daniel Innerarity, “tratar a la gente como si fuera menor de edad, como si no pudiera entender los mensajes complejos, está haciendo un gran daño a la democracia”, el filósofo dixit.

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Ha llegado un momento en nuestras sociedades que, ya no nos da pudor lo políticamente incorrecto. Gana puntos quien habla con el corazón en la mano y actúa según se siente. Llevamos varios ejemplos de procesos electorales en el que la gente vota “con las tripas”. Vota no por convicción ni simpatía, sino por fastidiar al contrario, con rabia, sin pensar en las consecuencias de los actos. Además, en estos procesos, siempre aparece un líder o caudillo que habla sin tapujos, que dice públicamente lo que muchos piensan, que promete la redención y la venganza contra las injusticias. Eso nos gusta y es el efecto de una serie de estrategias en la comunicación que siempre han existido, pero a las que ahora se alienta y estimula. Es muy trendy hablar de las emociones, pero estamos dejando a un lado la reflexión, la racionalidad en muchas de nuestras reacciones, que pueden tener consecuencias como ya ha pasado en otros periodos de la Historia.

En mi actual puesto de trabajo veo a menudo a psiquiatras, psicólogos, economistas, comunicadores, empresarios o expertos en marketing que ofrecen charlas sobre motivación, sobre ser uno mismo, sobre cómo las emociones son un valor en el mundo laboral, la empatía, la inteligencia emocional, el poder de las emociones para ser un líder. Los grandes gurús de la comunicación se han basado en las emociones para llegar al gran público. El story telling, la creación de “relatos”, son conceptos muy en boga que pretenden llegar al consumidor, al target al que nos dirigimos, apuntando directamente al corazón.

Extrapolando estas estrategias al mundo de la política, muchos  ciudadanos se sienten fascinados por estos “charlatanes” que cuentan las verdades que queremos oír, las del razonamiento barato que no nos exige ningún esfuerzo intelectual para  comprenderles, que no nos piden sangre, sudor y lágrimas, sino alcanzar los cielos.

El marketing de las emociones nos pueden llevar al paraíso pero también a los infiernos.