En comunicación, hay asuntos que, por su complejidad, se explican de manera sencilla para ser entendidos por una gran mayoría. El peligro es que la simplificación de los temas lleva, en ocasiones, a la anécdota, sin entender la envergadura de la cuestión. En esos casos, la comunicación puede convertirse en manipulación de la información, en un sentido y en el contrario, lo que no beneficia al objetivo final de transmitir veracidad y transparencia. Esto es lo que está ocurriendo con la Asociación Transatlántica para el Comercio y la Inversión (TTIP).

El 12 de febrero de 2013, Obama anunció en el discurso sobre el Estado de la Unión el comienzo de negociaciones con la Unión Europea para la creación de un nuevo espacio de libre comercio entre Estados unidos y Europa. A partir de ese momento, la opinión pública europea sólo ha conocido destellos de información que salían de forma esporádica. Cada cierto tiempo, los medios publicaban alguna información sobre el tema. Siempre de manera abstracta y sin fuentes oficiales que se hicieran eco del estado de las negociaciones, ni las fechas ni las posturas de las partes.

El acuerdo de la asociación para el comercio y la inversión consiste, en términos generales (nuevamente las generalidades…), en la eliminación de trabas en el comercio de bienes, servicios e inversiones entre ambas partes. A partir de allí, sólo se puede especular, puesto que los negociadores tienen prohibido hablar sobre la marcha de las negociaciones y los temas acordados.

Según cuentan los eurodiputados, los documentos sobre el TTIP están custodiados en una pequeña habitación del Parlamento Europeo, a la que sólo tienen acceso los diputados sin bolsos ni teléfono móvil y acompañados por seguridad. El oscurantismo sobre este tratado está resultando total. Tanto, que las informaciones que salen son sesgadas, ya sea por parte de los que están en contra, como por parte de quienes lo apoyan. Esta situación lleva a una desconfianza generalizada y a la suspicacia y sospecha por parte de la opinión pública europea.

Los europeos, por lo general, desconfían de la firma de este acuerdo que, según la opinión extendida, será perjudicial para los intereses europeos frente a los americanos (mucho más agresivos en la forma de comerciar y también más permisivos en las normativas de seguridad y sanitarias). También ha cundido la idea de que esta liberalización del comercio entre los dos espacios beneficiará, sobre todo, a las grandes corporaciones, que son las más preparadas para competir en un mercado abierto en detrimento de las empresas más pequeñas, que no disponen de los mismos recursos para competir en ambos territorios.

Buceando en Google he encontrado pocas opiniones a favor del Tratado. De hecho, sólo las fuentes oficialistas (la Unión Europea, los gobiernos de los Estados miembros y los grandes intereses económicos) alaban las bondades de este acuerdo, el que, según los partidarios, daría más de 100.000 millones en beneficios económicos a ambos lados del Atlántico. Bien es cierto que los analistas críticos reconocen algunas ventajas, como que la supresión de tasas de importación y equiparación de regulaciones podría estimular la economía europea. También dicen que el TTIP reforzaría la alianza EEUU-Europa para que Asia no se haga con el liderazgo del comercio mundial. O que las regulaciones comunes reducirán los costos de producción, por lo que, a la larga, se reducirían los precios que pagan los consumidores por los productos.

Sin embargo, cada vez son más las voces que critican el posible acuerdo. La alarma saltó nuevamente hace tres días por una filtración, la llamada Greenpeaceleaks, por la que esta organización sin ánimo de lucro hizo públicas las presiones que está sufriendo Europa por parte de los negociadores americanos. Los americanos presionan, según los documentos confidenciales filtrados, para la rebaja de los estándares medioambientales y de la seguridad alimentaria. A pesar de los desmentidos de voces autorizadas de la UE, como el jefe de la delegación europea en las negociaciones, el español Ignacio García Becerro, la realidad es que se hicieron públicos 13 capítulos del acuerdo, lo que supone la mitad. Los textos están fechados en abril, antes de una ronda de negociación que tuvo lugar en Nueva York la semana pasada.

Pero, aparte de los grandes titulares ¿Cuántos periodistas han leído los 248 folios del texto filtrado? Yo, todavía no. No puedo augurar cómo acabará la negociación, ni tan siquiera si estoy a favor o en contra (me falta información), aunque tiendo a pensar que se firmará el acuerdo (sine die). Lo que sí que puedo afirmar es que la política de comunicación ha sido un desastre.