Hemos sufrido unas semanas de mensajes electorales, consignas apocalípticas y anuncios mesiánicos. Gracias a Dios, hemos sobrevivido. No sé cómo lo habrá hecho el resto de la gente, pero yo tuve que emprender un viaje de aislamiento familiar para afrontar tantos momentos cruciales de nuestra sociedad.

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Como casi todo el mundo sabe, el viaje siempre tiene efectos catárticos: mueve algo dentro de uno mismo y enriquece la mirada.

Mi viaje tenía como destino Madrid, y el fin era recorrer las calles de la villa para encontrarme (encontrarnos) con la realidad, descubrir gente desconocida y enfrentarme (enfrentarnos) con la historia.

En todas estas extrañas situaciones surgió un nexo en común: la ausencia de mirada. O más bien la ausencia de mirada hacia la realidad, también conocida como nuestra segunda vida: el móvil.

En primera parada del viaje, el peregrinaje urbano, me choqué literalmente con esta cruda situación. El fracasado encuentro con extraños siguió destinos aleatorios y enrevesados, tanto como las diversas formas de caminar de los transeúntes “movilizados”. Creo que no soy capaz de entender los caprichosos movimientos de la masa “encantada” con el móvil. Tal vez el GPS marca sus designios.

Tras este juego de coches de choque, afronté (afrontamos) la segunda etapa del peregrinaje. En un intento por descubrir la realidad social, se abrieron las puertas del suburbano y asistí a un nuevo espectáculo electrónico. En ese crisol de razas que es el metro, me sorprendió la increíble uniformidad de sus habitantes. Todos iguales bajo una misma bandera, esa multicolor cuya asta es una pantalla táctil y su líder se llama “Candy Crush”. Y lo mejor de todo es que no se apreciaba problema alguno de comunicación, ya que realmente no existía. Aquí solo habitaba una mirada, la que se dirige hacia abajo.

El último intento “sanador” de este viaje tenía como destino la historia. No hay mejor lugar para ello que un museo y en este caso el Reino Sofía fue mi (nuestro) objetivo final. Tengo que reconocer que este episodio fue alentador y conseguí entender un concepto desconocido para mí hasta ese momento: segunda pantalla. Los visitantes “atacaban” las obras apasionadamente con su teléfono que colocaban estratégicamente frente a las pinturas. Quiero entender que esa es la segunda pantalla, la que te explica qué es lo que estás viendo y para qué. Comprendí también que un palo conectado al dispositivo electrónico te da más altura de miras.

Sin embargo, lo que más me (nos) sorprendió fue la soledad del edificio. La gente transitaba pero no interactuaba. Especialmente llamativa fue la imagen de tres televisores abandonados a su destino. Ningún espectador se paraba a “conversar” con ellos, parece ser que su visión no interesaba. ¡Qué extraño es ver unas televisiones con tan poca influencia!

El retorno del viaje fue muy tradicional: lleno de alegría por la vuelta, añoranza por lo vivido y gratitud por el inicio de la rutina.

Cumplí (cumplimos) como los buenos ciudadanos: un voto y para casa.

Después a esperar los resultados, los discursos y los buenos propósitos. Una nueva era.

Mientras tanto, yo intento analizar cuáles son nuestros verdaderos problemas y si tenemos soluciones. Quizás debería buscarlas en mi móvil. Allí sí que está la verdadera mirada.