Estaba hace muy poco tiempo en una de esas clásicas reuniones maratonianas de trabajo, esas que consumen tu tiempo y fuerzas y que no solucionan nada. Y tuve un momento de lucidez. Realmente me di cuenta de lo estúpidos que somos. Vivimos en un mundo tan burocratizado que ya no distinguimos qué es importante y qué no lo es.

Probablemente sea un complejo que tenemos en aras de conseguir una supuesta y artificial “calidad”, y que nos arrastra a hacer difícil lo sencillo. En definitiva, a perder el sentido común.

Habitualmente suelo pensar que nos ofuscamos en una máxima: “Somos idealistas en los momentos en que tenemos que ser prácticos, y somos prácticos en los tiempos en los que hay que ser idealistas”. Y todavía hay algo más grave. Perdemos nuestras referencias, nuestras raíces, ya que consideramos valores estúpidos como verdaderas guías espirituales y vitales. Algunos creen que son modernos sin darse cuenta de la antigüedad de tal afirmación.

Tengo que decir que, de vez en cuando, uno tiene la posibilidad de darse cuenta de esta extraña circunstancia en la que vivimos. Y muchas veces lo hacemos a través del arte. De hecho, esa tendría que ser su función, la de alertarnos ante nuestras desviaciones. Yo lo conseguí gracias al visionado de una auténtica joya cinematográfica. Una contribución vital, me atrevería a afirmar. Hago referencia al corto documental Mi tío Ramón, del magnífico cineasta Ignacio Lasierra. En él, Lasierra abre una ventana íntima a sus recuerdos, aquellos que nos ofrecen las palabras de su tío y sus vivencias en la Guerra Civil. Unos tiempos en los que la vida en el pueblo era tan apasionante como peligrosa, tan simple como compleja. En el fondo era una vida verdadera. Aquella que sólo puede ser celebración compartida y en la que unas canciones, unas comidas y unos recuerdos nos muestran el verdadero camino: el de la sencillez.

Menos mal que tenemos el arte para despertarnos. Muchas gracias señor Lasierra, muchas gracias tío Ramón.