Las primeras semanas de julio suelen ser verdaderamente extrañas. En primer lugar porque me veo con traje y arrastrado por las calles zaragozanas con un calor infernal, mientras gran parte de la población se encuentra en bañador/bikini (lo que prefiráis). Única solución: rendirse a los encantos del aire acondicionado. ¡Va por ti, Endesa!

En segundo lugar, la gente con la que cohabitas laboralmente tiende a gritarte con más facilidad. Hay una sensación, particularmente molesta en el verano, mezcla de incomodidad y repugnancia, que nos obliga a la soledad más absoluta. Recordad que prácticamente todas las revoluciones (olvidemos a los rusos) fueron frescas noticias veraniegas. Consejo útil: asentid con cariño y haced válida esa actitud vital de “dar la razón como a los tontos”.

Por último, y en especial para los que nos dedicamos a la educación, estos días son de despedida. Olvidas lo malo y solo te acuerdas de lo memorable. Aquello que da sentido a una profesión llena de sinsabores en la que empujas a los jóvenes a tocar el cielo, pero, a la vez, a navegar con alas robustas, seguras y firmes. Para mí, la despedida este año ha sido muy amarga por los recuerdos acumulados y la brillantez de aquellos que se marchan. Ahora, más que nunca, uno reconoce la fragilidad del científico que pone fe en que los que le sucedan tendrán verdaderamente éxito. Ahora, más que nunca, uno recuerda el mito de Ícaro y Dédalo. Recuerda a Kubrick. Se es pasional. Se es frío. Se es terrenal. Se siente el fracaso.

Hoy, más que nunca, eso no es un problema. Estamos en verano y el mundo nos proporciona Paddel Surf y Sunburn Art. Muchas gracias.