La contestación a esta pregunta es una u otra dependiendo de si atendemos a razones económicas o simplemente sensaciones donde impera la subjetividad.

Yo hubiese dejado ir hace años al comprobar sistemáticamente cómo los países se votan entre sí por afinidades culturales y políticas. Se produce un milagro la noche en que un país nórdico vota a nuestro representante o cuando Estonia no otorga ni un solo punto a Letonia o Bielorrusia aunque hayan presentado alguna bazofia musical. Año tras año el gran José María Iñigo lo deja entrever segundos antes de que vote un país.

También es cierto lo que afirma mi colega Juan M. Fernandez del Español cuando señalaba en un artículo reciente que el ganador normalmente obtiene puntuaciones de la mayoría de los países participantes. En el 2012 a Suecia la votaron todos excepto Italia, al año siguiente Dinamarca obtuvo votos de de todos excepto un participante o Austria consiguió trece máximas puntuaciones en 2014.

¿Qué deberíamos hacer si atendemos a razones económicas?

En el 2015 ya sólo por inscribir a Edurne para poder concursar y quedar en el puesto 21 RTVE tuvo que pagar 356.000 euros a la Unión Europea de Radiodifusión que es quien posee los derechos de emisión. Lógicamente hay que sumar a este canon los viajes, dietas, sueldos de la delegación, vestuario, escenografía  y demás gastos en los que incurrió la delegación española y que ascendieron a 44.000 euros.

Algo parecido nos costó en el 2016 con Barei y su baile de pies para quedar en el puesto 22 de 26 participantes. Pero es que no hay que olvidar que España, junto a Alemania, Francia, Italia y Reino Unido es uno de los países que más dinero invierte en el festival para garantizarse el pase directo a la final. El dinero consigue siempre que al menos estemos la noche del sábado y algunos de nuestros representantes no hayan quedado eliminados la semana previa.

Conocidos los gastos y atendiendo a razones económicas el negocio por asistir es rentable, el más rentable de RTVE.

La audiencia, por ejemplo, en el 2015 alcanzó un 39,3 % de cuota con una espectacular audiencia de 5.958.000 espectadores. Sin embargo en la edición de 2016 fue la menos vista en nueve años con 4,3 millones de espectadores y un 29,8% de cuota de pantalla. Hay que destacar la audiencia conseguida por Pastora Soler en el 2012 que reunió a 6.542.000 espectadores alcanzando un increíble 43,5 % de share.  El año pasado, Ruth Lorenzo consiguió un 35,2 % representando a 5.141.000 almas animándola.

Atendiendo a los aproximadamente 400.000 euros que cuesta acudir y a las audiencias conseguidas año tras año, cada punto de audiencia nos cuesta entre 9.000-15.000 euros de dinero público. Es importante resaltar que por el mismo gasto hay un beneficio extra  de lo que producen las emisiones de las dos semifinales en La 2. Una cantidad muy inferior en comparación con lo que cuesta un partido de la selección española que ronda los 65.000 euros el coste de cada punto de audiencia. En definitiva, algunos afirmarán que el opio del pueblo sí que nos sale caro.

Al igual que no considero, como muchos apuntan, que se promocione la cultura de nuestro país sí que es un magnífico factor de cohesión como lo es la selección o las campanadas de fin de año, o al menos, así lo relató la canción (‘entre gritos y pitos los españolitos, enormes, bajitos, hacemos por una vez algo a la vez’).

Apostemos por  la música y Eurovisión. No cabe duda que nos une aunque otros intenten separarnos. Vuelvan a reunirse en familia o con amigos y apoyar a los chicos de OT. Aunque no debemos perder la esperanza, no esperen nada.

Para terminar una recomendación: no se olviden de disfrutar de Eurovisión acompañados por los ingeniosos comentarios de Twitter. Les aseguro que alcanzarán grandes cuotas de carcajadas.