Fernando del Val: “El método Bunbury reflexiona acerca de los límites del arte”

¿Citar o no citar? Esa es la cuestión que aborda ‘El método Bunbury’, el nuevo libro de Fernando del Val (Valladoid, 1978) que pone en entredicho la originalidad de los textos de las canciones del cantante zaragozano. La obra, editada por la editorial Difácil, es una auténtica caja de pandora en la que el periodista y escritor aporta pruebas (539 versos de 37 canciones, en concreto) que apuntan a que Enrique Bunbury utiliza fragmentos de consagrados autores literarios en sus composiciones. Y no hay rastro de citas, agradecimientos o letras en cursiva que lleven a un reconocimiento de la autoría de esos “otros”.

De esta manera, la ocasión se convierte en método cuando el cantante toma, prácticamente idénticas, las palabras de Fernando Arrabal, Felipe Benítez Reyes, Mario Benedetti, Charles Bukowski, Fernando Sánchez Dragó, Blas de Otero, Michel Houellebecq, Gabriel Celaya, Nicanor Parra, Antonio Gamoneda o Haruki Murakami. Pero a Del Val no se le escapa lo evidente. No en vano su “Ojo crítico” ya fue premiado por los galardones que, bajo el mismo nombre, otorga RNE a los jóvenes talentos, menores de 40. Fue gracias a su trabajo de poesía, ‘Los años aurorales’, en el año 2017. Una decena de publicaciones más (relato, poesía, viajes, entrevisas, arte…) se acumulan en su haber, aunque, sin duda, ‘El método Bunbury’ es el que va dejando más remolinos de polvo suspendido a su paso.

“Es hora de hablar / de la quimera de otra vida / de lo que no supimos expresar”, canta Bunbury en su disco ‘Las Consecuencias’. “Conforta la quimera de otra vida: estar en cualquier parte salvo aquí”; “De lo que no supimos expresar” escribe Felipe Benítez Reyes en su obra ‘La misma luna’. Es solo un ejemplo. Que cada cual saque sus conclusiones.

El método Bunbury está suscitando mucha polémica sobre la delgada línea que separa el plagio de la autoría. ¿Es ese el objetivo del libro?

Ciertamente, autoría y plagio son dos polos y el libro intenta elucidar la distancia que los separa. El objetivo es abrir una reflexión acerca de los límites del arte y ver si puede cohabitar la idea de autor con prácticas poco propias, a veces, enfrentadas de manera directa con el propio concepto de autoría. El volumen tiene un aparato crítico y dos bloques reflexivos a propósito de esta inquietud. Las canciones de Bunbury sólo son la base.

¿Cómo y cuándo empezaste a darte cuenta del paralelismo entre las letras de Enrique Bunbury y los textos de grandes figuras de la literatura?

El origen del ‘El método Bunbury’ se gesta cuando un amigo, en el instituto, me cuenta que ha leído un libro de Mario Benedetti, Geografías, en el que se hallan doce versos clavados a los de algunas canciones incluidas en el disco Avalancha. Es 1995. Después, ocurre lo mismo con Sánchez Dragó: en el libro El camino del corazón hay muchas ideas contenidas en canciones de El espíritu del vino. A partir de ese momento yo tengo la antena encendida y cada vez que leo algo con resonancia en la obra de Bunbury, lo apunto. Fue un accidente que dio paso a una sospecha.

Según recoges en el libro, el músico utiliza las palabras de otros en más de 500 fragmentos de hasta 37 canciones. Supongo que no es lo mismo hacerlo un par de veces que casi todas las veces. ¿Es entonces cuando se convierte en un método, en un modus operandi?

Si el cantante y compositor hubiese referido en los créditos los autores de quienes ha tomado versos, no existiría el libro. Y si el cantante y compositor hubiese acometido la práctica dos veces, tampoco. Es la reiteración la que permite hablar, en términos de Derecho, como poco, de ‘creación parasitaria’. El número de versos -y el número de autores, cerca de un centenar- convierte el hecho en escandaloso. Tiene que ver, me parece, con una manera de obrar de Coleridge expuesta por Santiago Rodríguez Guerrero Strachan en el posfacio del libro.

Este poeta se acompañaba de una libreta en la que iba apuntando ideas propias e ideas que tomaba de las lecturas, así como ideas literales de los propios libros… Al final, en la amalgama, es difícil saber qué es tuyo y qué no. Lo que pasa es que, en Bunbury, creo que hay más alevosía o vocación. Es decir, parece que las ideas no se le mezclan, él las invoca.

El número de versos -y el número de autores, cerca de un centenar- convierte el hecho en escandaloso

¿Es la composición musical una “tierra sin ley” donde resulta más sencillo obviar las citas a otros autores?

Afortunadamente, el caso de ‘El método Bunbury’ es una excepción. En el libro cuento cómo Joaquín Sabina, Robe Iniesta, Los Enemigos y Loquillo, por citar algunos, refieren en los créditos de los discos a los autores de los que han tomado ideas. Por eso me resulta chocante la justificación del zaragozano: “Así trabajamos todos”. No, así no.

¿Es obligatorio, a nivel legal, citar a los autores de los que bebes para componer en cualquier ámbito?

Primero, es de buen gusto y, segundo, diría que es recomendable. Si no lo haces y no te pillan, no pasa nada. Pero si te descubren, tu credibilidad quedará dañada. No hablemos del prestigio. Así que me parece un riesgo mayúsculo entrar en esa zona oscura de la escritura para recibir en solitario todos los aplausos.

¿Qué diferencia hay entre guiño, homenaje e intertextualidad?

El guiño es una frase musical o literaria que tiene eco en el imaginario del receptor. Un elemento casual que busca conectar con el oyente, con el espectador, con el lector… Tiene que ver también con el sitio desde el que quiere ser escuchada la persona que habla. Y tiene que ver con la filiación. Reconocer y reconocerte. Existen niveles de lectura y no es obligatorio alcanzarlos todos. Es como coger bien una copa de vino, por el tallo. No todos lo van a apreciar y poco importa. El homenaje tiene más duración y podemos equipararlo a la versión. Un artista que versiona lo que está haciendo es homenajear.

La intertextualidad es más compleja: pone un texto ajeno en comunicación con un texto propio. Por ello, existe un diálogo y, por eso mismo, para que haya diálogo, la fuente debe estar referida. No siempre se hace. Mala praxis. Cruzar el guiño con la intertextualidad es riesgoso. Otra opción intertextual es acogerse a un referente para modificarlo. El problema es que, si aboles la identificación de la fuente, si te atribuyes palabras que no son tuyas, el diálogo se queda en monólogo. Y, claro, deja de existir la intertextualidad.

Me parece un riesgo mayúsculo entrar en esa zona oscura de la escritura para recibir en solitario todos los aplausos.

¿La solución sería tan fácil como que el músico hubiese atribuido las fuentes, acreditado los préstamos en las carpetillas de cada disco?

Tan fácil. No hay que pedir permiso para emplear una frase si la consignas. Sería muy raro que un pejiguero te busque las vueltas: no está en la mente de los autores actuar de esa forma. No está muy regulado ese aspecto. Y el derecho de cita existe. Pero, insisto: hay que descubrir las cartas, o sea… para citar… hay que citar.

¿Bunbury crea “centones” y no canciones?

Si partimos de que un centón es una obra conformada a partir de fragmentos de otras, lo más próximo a lo que hace Enrique Bunbury tiene que ver con el desempeño. Tengamos en cuenta que, además de fragmentos literarios, introduce frases de origen popular: el refrán, el proverbio, la frase hecha… el titular de un periódico. Sin duda, centones.

Tengo entendido que la publicación ha provocado una respuesta del mánager de Bunbury, Nacho Royo. ¿Cuál ha sido su reacción?

El artista paga a un mánager para que, entre otras cosas, cuide su imagen. Es normal que se exprese así, a la defensiva. Lo extraño sería que me diese a mí la razón.

Tengamos en cuenta que, además de fragmentos literarios, introduce frases de origen popular: el refrán, el proverbio, la frase hecha… el titular de un periódico.

¿Se va a caer un mito del rock español cuando se publique el libro?

En mi experiencia, y en la de quienes me rodean, es difícil no sentir decepción, o cierta decepción. Te podrá seguir pareciendo una persona lúcida en algunos aspectos, o buen cantante, o un compositor que trabaja muy por encima de la media, o alguien que cuida su puesta en escena y los videoclips… pero escritor de canciones… al menos en la parte lírica… Aunque los seguidores integristas le verán como una víctima, pero no será lo normal.

¿Qué va a decir la SGAE de ‘El método Bunbury’?

Como en cualquier proceso, para que haya, debe existir una denuncia. La SGAE difícilmente puede abrir ninguna investigación si nadie lo denuncia en un juzgado. No creo que haga falta. Sería mezquino hacerlo por quince versos. Con que el público lo sepa, basta. Y desde este momento, se sabe.

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