Este verano me contaba un amigo ‘que lo más’ entre algunos jóvenes era dar la espalda a las redes sociales. Ha nacido una élite que prefiere no tener cuenta en Instagram y pasar de colgar todos esos sitios a los que uno va o todo aquello que come -aunque no te guste el plato que está colgando-. ‘Hurra por ellos’.

Porque para muchos lo importante es cubrir el ego y, para ello, se hace lo que haga falta. Luego, descubrimos que una blogger ha sido desenmascarada por sus seguidores al colgar fotos falsas o numerosos casos en los que sus días de asueto en el pueblo los utilizan para hacer montajes donde ellos mismos son protagonistas de unas maravillosas vacaciones en lugares de ensueño que nunca van a pisar.

Cada uno con sus ‘cadaunadas’. Pero tengan cuidado que no es lo mismo un montaje en la playa paradisiaca de turno que subir la foto sus hijos, algo también muy habitual en redes.

Tres de cada cuatro menores de dos años tienen fotos en internet según un estudio de la empresa de seguridad en Internet AVG. Una sobrexposición gratuita que padres y madres hacen con orgullo buscando el like de turno. Hemos pasado de enseñar la foto de la cartera a exponer en internet los miles de monerías de las que son capaces nuestros hijos. Es curioso que el estudio señala que cuanto más mayores menos publicamos. No sé si será porque hacen menos gracia a los padres o es el resultado de que conforme crecen más pasan de sus progenitores.

Zuckerberg facilitó que enseñemos hasta lo que no tenemos y a la vez nos sorprende defendiendo la tesis que el futuro de las interacciones será en privado. Es parecido a lo que defienden muchos de nuestros políticos con la educación: apuesten por la pública pero que nadie se meta conmigo porque mi hijo vaya a la escuela privada.

La ley obliga a proteger el rostro del menor en cualquier publicación, pero el padre o la madre saca a su hijo en la playa de Altea como Dios le trajo al mundo. Ironías de la vida. Somos los primeros veladores de la información personal de nuestros hijos y, a la vez, los peores narradores de su vida. El fenómeno ha dado origen al un nuevo término: sharenting. Es la suma de share (compartir) y parenting (crianza). Si les queda tiempo y están interesados en el tema les recomiendo el primer informe publicado en el 2016 ( Sharenting, la privacidad de los niños en la era de las redes sociales. ) por una profesora de derecho en la Universidad de Florida.

No nos damos cuenta. Ponemos fácilmente a disposición de pervertidos todo tipo de información de nuestros hijos. Decimos donde se encuentran, facilitamos capturas de pantalla, señalamos fechas de nacimiento e, incluso, alentamos el ciberbullying al subir fotos que pueden ser ridículas y traer consecuencias futuras a nuestros hijos. Llámenme alarmista que no me importa.

Algunos piensan que deberíamos pedir permiso a nuestros hijos porque, tal vez, mañana nos reprochen un egoísmo que hemos basado en ‘solo son fotos bonitas para mis followers’.  Ya hay casos de denuncia de hijos a padres y multas de hasta 45.000 euros en Francia por publicar fotos íntimas de los hijos sin su permiso. Llámenme alarmista que no me importa. Lo habitual es que las denuncias sean entre padres separados (recordemos el caso de la denuncia de Bisbal a su exmujer, Elena Tablada) pero también comienza a haberlas de hijos a padres.

Algo está cambiando. Instagram se está planteando quitar los like para evitar muertes innecesarias de jóvenes buscando el selfie más arriesgado de su vida. Hay asociaciones que han sugerido que solo se puedan compartir algunas fotos solo con la familia directa priorizando el derecho a la privacidad del menor. Otras nos invitan a que comencemos a familiarizarnos con las políticas de privacidad de las redes a las que nunca atendemos.

En definitiva, la élite de aquellos que dan la espalda a las redes tal vez haya apostado por la autenticidad y no por un postureo que, en ocasiones, nos puede acarrear más problemas que alegrías.