En las pasadas Navidades, el mismo día de Nochebuena, fallecía en Madrid Gil Parrondo. Aunque parcialmente olvidado por las generaciones más recientes de aficionados al cine, su nombre está estrechamente ligado a la historia cinematográfica de nuestro país. Durante más de seis décadas ejerció su particular magisterio como “director artístico”, aunque prefería que se refiriesen a él como “decorador”, ese profesional que, primero en su cabeza y luego sobre el papel, va creando los ambientes en los que se mueven los protagonistas de una película. Diseña y dibuja los decorados, pero también elige los muebles, lámparas, cortinas, mesas, sillas y hasta los objetos más pequeños que un espectador pueda ver en una escena y que le transporten al lugar y al momento en que tiene lugar la acción.

Gil Parrondo fue el primer cineasta español ganador de un Oscar de Hollywood y también el único hasta la fecha en obtener el mayor galardón de la industria del cine en dos años consecutivos, en 1970, por Patton, y en 1971, por Nicolás y Alejandra. Me he referido a él intencionadamente como “cineasta” porque según el diccionario de la RAE este término se aplica a la “persona que trabaja en la industria artística del cine, en función destacada”. Y Gil Parrondo, con su trabajo como “decorador”, consiguió que ese sueño colectivo que es el cine se acercase un poquito más al arte, sin olvidar que, además, es una industria, es decir, creatividad y practicidad en una misma figura.

¿Y cómo lo hizo? Sencillo, transformando su pasión en su trabajo. El amaba desde pequeño el cine, era parte de su educación sentimental. Unir a este amor su talento como pintor y dibujante, le permitieron desarrollar una longeva carrera en el mundo del cine desde que comenzara como ayudante de decoración en 1939 hasta su muerte con 95 años. Y en activo profesionalmente (estaba colaborando en el próximo proyecto de Carlos Saura, 33 días, sobre el proceso creativo del Guernica de Picasso).

Una cuestión personal. Gracias a Gil Parrondo, colaborador habitual de las grandes superproducciones norteamericanas que a comienzos de los 60 se realizaban en nuestro país, el rodaje de El Cid, con Charlton Heston, se trasladó a unas localizaciones de la localidad vallisoletana de Torrelobatón, donde mi padre y sus amigos, jóvenes universitarios en aquélla España de 1961, pudieron intervenir como extras en el rodaje de esta impresionante película y conocer al mítico Ben-Hur.

Por ello, pero, sobre todo, por hacernos disfrutar de las historias de otros que él supo captar en imágenes y por dedicar su vida y su talento a un arte popular, que pueden deleitar millones de personas en todo el mundo, muchas gracias Señor Parrondo.

P.S. Estoy seguro de que este sentimiento de gratitud será expresado de manera más emotiva en forma de homenaje en la próxima gala de los Goya, los premios de la Academia de la Artes y las Ciencias Cinematográficas de España, que preside Yvonne Blake, amiga y colaboradora de Gil Parrondo.