Todos tenemos nuestro “Pepito grillo” que no deja de ser el que controla nuestro ego y orgullo. Ese que cruza la delgada línea roja y deja atrás la comprensión, la empatía y nos lleva a la prepotencia sin darnos cuenta.

Pepito nos hace un papelón pero él no piensa y no sabe de emociones. Sólo canta, come y duerme.

Los que sí pensamos se nos olvida que le tenemos que cuidar y escuchar. Lejos de eso -nos tapamos los oídos y tendemos a engordarlo en demasía no vaya que pase hambre-  y lo sacamos a pasear y le animamos a sacar pecho en las ocasiones más innecesarias.

Pepito termina hiriendo, atacando o incluso castigando con su indiferencia con el único objetivo de sentirse el grillo más grande e importante del mundo.

Sugiero que cada uno aguante a su Pepito como pueda o sepa. Aunque también podemos prestarle atención y cuando veamos que se hincha y grilla fuerte le sugeriremos que es más útil y sensato hacerse chiquito y cantar bajito y suave.

Quizá así todos los Pepitos grillos -el propio y los ajenos se hagan eco del nuevo sonido- aplaudan, canten bajito y se desinflen.

Pruébenlo y comprobaran que hacerse pequeño a veces resulta un gran triunfo.