Puede uno enfadarse con Jason Reitman al terminar de ver su magnífica y valiente película ‘Hombres, mujeres y niños’. Nos presenta un problema real, un cadáver, y nos deja a solas con él sin darnos ni un solo atisbo de cómo afrontarlo: “así son las cosas y así se las hemos contado”. Sin embargo, tiene un inmenso valor solo el hecho de que alguien se aproxime a esta realidad y la muestre tal y como es. E incluso es legítimo que el director no aporte soluciones porque es una forma de retratar también nuestra indiferencia. Todo lo que cuenta está pasando. Todo habría que afrontarlo desde el punto de vista familiar, educativo, social, pero a nadie parece interesarle hacerlo. Ese final abierto es también un retrato y una denuncia fuera de cámara de nuestra indefinición. Retrata realidades tremendas, reconocibles, cotidianas, pero entre las que nos movemos con toda naturalidad como si no existieran.

Es el caso aquí de la incomunicabilidad de los seres humanos enfrascados en sus pantallas; la superficialidad de los contactos en la red; la hegemonía de la imagen; la búsqueda de la fama a cualquier precio; el aislamiento generacional de padres e hijos -más que la brecha digital- ante un  fenómeno imposible de controlar e integrar a la vez en el diálogo educativo; la adicción y el refugio irreal en los videojuegos; la banalidad y el sinsentido de las relaciones sexuales exacerbado también por la estupidez banal de lo virtual; el encuentro temprano con la pornografía que distorsiona la gestión de la propia sexualidad en la fragilidad de la pubertad y la adolescencia; el consumo de pornografía por parte de los adultos que les aleja aún más del sentido de sus propias relaciones de pareja; la facilidad del clic para establecer relaciones extramatrimoniales a través de las Apps de contactos; la absoluta falta de empatía con los demás provocada por la virtualidad de las redes; el desconcierto de la soledad real en medio de la multitud digital; el riesgo de la caída en la anorexia y la bulimia; incluso la inutilidad de un control parental obsesivo sin un verdadero diálogo educativo o, finalmente, cómo la tecnología se adueña rápidamente de los espacios vacíos que le deja la incomunicación humana no para llenarlos, sino para ahondar más en el aislamiento que supuestamente combate.

No  hay soluciones para ese cáncer, pero hay al menos el retrato del tumor. Para que los ciberoptimistas lo contemplen y reflexionen. Para que los jóvenes y los padres lo miremos y nos miremos todos como en un espejo. Me conformo con eso. A ver si por lo menos la contemplación del cadáver consigue dar la voz de alarma y nos ponemos manos a la obra. Lo primero es ver que hay un problema para empezar a plantearnos cómo solucionarlo.

Magnífica película para un diálogo posterior con padres e hijos. Muy, muy, muy recomendable.