Hemos vivido una gran polémica estos últimos días con los “tuits” desafortunados del concejal de Ahora Madrid, Guillermo Zapata, y sus menciones a los judíos (entre otras cosas). Al margen de que los exabruptos se emitieron en el año 2011, Zapata justifica la broma dentro de lo que se denomina como humor negro. Este tema es una discusión clásica en la opinión pública, que se debate entre la libertad de expresión y la ofensa a las potenciales víctimas. El humor negro (espero que nadie se sienta ofendido por lo de “negro”) tiene grandes poderes curativos: purifica los males y pone el dedo en la llaga en nuestras contradicciones. El humor empuja barreras, nos saca de nuestro zona de comodidad y nos señala con el dedo: donde te ofendes, tienes que verte reflejado.

El humor negro es una especie en extinción porque vivimos en una sociedad de la apariencia en la que importa más cómo dices las cosas que lo que dices. Y en este aspecto, las redes sociales son el Edén de la banalidad.

Pero lo que tiene que entender Zapata es que es víctima de su propio juego. Los argumentos esgrimidos en la lucha por la supuesta “purificación” política de nuestro país han usado las redes sociales como altavoz. Han utilizado la brocha gorda en lugar del pincel. Por ello, ahora no pueden esperar que se les juzgue con coherencia.

El problema no es el humor negro, sino el canal de comunicación. Se necesita contexto y nos negamos a ofrecerlo.
La purificación queda, entonces, para la intimidad. Como los tiburones y los nazis.