En tiempos de incertidumbre educativa, de cambios de ley, de cierta sensación de fracaso, de noticias de prensa, de eslóganes y –lamentable, pero realmente, de cierta competencia de mercado frente a la disminución de la natalidad, los colegios, es decir, las personas que los hacemos cada día, estamos siendo sometidos a un bombardeo de opiniones respecto a los síntomas, su diagnóstico y la búsqueda de soluciones que tienden a terminar en el bálsamo de Fierabrás de la innovación.

Los equipos directivos buscan desesperadamente un cambio metodológico que poder vender como seña de identidad. Picotean aquí y allá. Contratan asesores y organizan cursos para el profesorado: estándares de calidad, el bilingüismo, las nuevas inteligencias emocionales y múltiples que han descubierto sesudos teóricos con gran éxito editorial, el aprendizaje cooperativo, las competencias, el aprender a aprender, la escuela transformadora frente a la escuela reproductora…Y, cómo no, los recursos tecnológicos que han llenado las aulas de pantallas digitales, ordenadores y tablets que tanto motivan a nuestros alumnos.

Toda esta marabunta de barnices pedagógicos se justifica siempre con una apoyatura teórica maniquea (lo nuevo presupone lo viejo; lo innovador se opone a lo tradicional; lo digital a lo analógico; la tablet al papel; la pizarra digital a la de toda la vida, lo vanguardista a lo retrógrado,…) que, en el fondo, es una acusación. Lo que hemos hecho hasta ahora ya no vale. Hemos estado haciendo el tonto o, lo que es peor, somos sujetos pasivos de una educación superada que nos ha maltratado en nuestra propia infancia y sujetos activos que han estado machacando desde las tarimas a varias generaciones de estudiantes. Los libros de texto, una antigualla inútil y una rémora. Las aulas, un recinto superado que hay que redefinir porque es en los garajes donde los jóvenes amigos con una tableta o un ordenador diseñan Apps que les hacen millonarios. Los alumnos, unos especímenes moldeados en las nuevas tecnologías –ya saben: otra vez el cuento de los nativos y los emigrantes digitales- que no necesitan un profesor, sino un guía para moverse en la red donde está todo y no hay más que saber buscarlo; no necesitan ni atender, ni estudiar, ni memorizar, ni hacer deberes… sólo necesitan una pantalla, surfear por la red, aprender a aprender y unos golpecitos de ánimo en la espalda.

No me importa innovar, cada día es nuevo para mí. Pero me subleva que se minusvalore de ese modo lo que una generación entera de maestros ha estado haciendo bien los últimos treinta años. Mi vocación docente me ha llevado a disfrutar y a sufrir en mis clases –llenas de aciertos y errores, más o menos patéticas o abúlicas, ricas y pobres– con toda la intensidad que la comunicación interpersonal lleva consigo en este bendito trabajo. Pero niego la mayor: en nada me reconozco en esa escuela gris y plana a la que se supone que he pertenecido hasta ahora y que me pintan sólo para contrastarla con el arcoíris de fiesta y alegría que traen consigo las distintas innovaciones.