Si es falsa y deformada la fotografía en blanco y negro de una escuela tradicional, en la que se sospecha hemos estado hasta ahora, no menos falso y deforme es el spot publicitario en color de las aulas felices en las que los niños y adolescentes vendrán al cole llenos de un motivante júbilo. Porque allí, en unas aulas pintadas de colores, no hay libros, no hay exámenes ni orden, ni jerarquía, ni esfuerzo…, sólo una especie de alegría grupal con relucientes pantallas que todo nos lo solucionan. Puro marketing.

Es indudable que en las aulas tenemos un problema. Es cierto que nuestros alumnos muestran algo más que indicios de dificultad para el aprendizaje: falta de concentración, dispersión, falta de interés, desmotivación, falta de voluntad (o crisis de esfuerzo que se dice ahora)… Pero las causas no están en el sistema educativo, sino fuera de él. Nuestro alumnado no es distinto al de otras épocas, son niños y adolescentes de toda la vida. Lo que ha cambiado son sus circunstancias. Es la tribu –como llama Marina a la sociedad– lo que ha cambiado.

Una tribu hoy mediática: porque hoy la tribu es la tele, sigue siendo la tele; es internet y el móvil. La tribu es Instagram, Facebook, You Tube, Ask, Snapchat, Twitter, Whatsapp… Es ahí donde se educan los chavales ante la mirada deslumbrada, desorientada, paralizada y pasiva de los padres, de los colegios, de las administraciones. Es la escuela de la distracción y el entretenimiento, pero no del aprendizaje. Una escuela que es puro consumo y, sobre todo, puro negocio, que genera miles de millones de beneficio a unos cuantos interesados en extenderla a costa de lo que sea. Una escuela que compite en valores y en metodologías con la familia –esa fundamental primera escuela– y el colegio y que hay que combatir no uniéndose a ella, como preconizan algunos, sino amueblando bien las cabezas y los corazones de los que inevitablemente van a vivir en ella.

Estoy convencido de la necesidad incesante de renovación, más que de innovación, pero no creo en las revoluciones educativas. El mal profesor lo será siempre con cualquier metodología y el buen maestro será extraordinario en cualquier tiempo y lugar y con cualquier método. No hay nada nuevo bajo el sol. Solo personas. La novedad, la verdadera novedad hay que buscarla en el corazón de cada maestro y de cada alumno y hay que renovarla cada día. Sin esa innovación, todas las demás no son sino seda para vestir monas.

Dice la diseñadora Eva Zeisel: “la novedad es un concepto comercial, no un concepto estético” (ni, desde luego, un concepto educativo, añadiríamos nosotros). Y Catherine L’Ecuyer afirma en su último libro: “la educación no es verdadera por ser revolucionaria, sino revolucionaria por ser verdadera”. Pues eso. Hagamos esa revolución y no otras.