Aristóteles decía que en una obra literaria pueden suceder los hechos más increíbles, con tal de que siempre sean “kata to eikós”, es decir, “lo que cabe esperar”. Discernía entre historia y poesía: mientras la historia es contar qué ha sucedido, en la poesía nada importa la realidad, sino la justificación interna, la coherencia. Sé todo esto porque el “kata to eikós” me ayudó a aprobar la asignatura de “Teoría de discurso”, allá en los años mozos de la Universidad. Los compañeros me siguen recordando aquella hazaña, entre risas.

En el actual relato informativo y político, costaría vislumbrar cuál es el “kata to eikós”, qué cabe esperar en estas próximas elecciones, cuando los nuevos ya no son nuevos, cuando todo se percibe desconcertante y caduco, cuando ningún partido tiene fácil ilusionar por nada: ni por lo que haya hecho ni por lo que podría haber hecho pero no hizo. La generosidad y la imaginación han brillado por su ausencia.

Repetirán candidatos y programas, y pese a ello, se sorprenderán de que se puedan replicar grosso modo también los resultados. La incapacidad del acuerdo perjudica a todos: si me queréis, irsen, como decía la gran folclórica.

Puestos a pedir, me conformaría con un tono de campaña respetuoso con el ciudadano, como quien pide el voto con la boca pequeña, avergonzado del bochorno colectivo de estos meses. Primero, que pidan perdón, todos, y luego el voto.

Describe Iñaki Ortega, en su recomendable libro sobre los millenials, cómo la generación de jóvenes de este milenio ha nacido y crecido acostumbrada a la crisis. Su hábitat natural es la inestabilidad, la adaptación al cambio: de trabajo, de lugar de residencia, de circunstancias que le rodean. Sí, tendremos que aprender de los millenials, y asumir que los años de estabilidad -política- tal vez pasaron para un largo tiempo, y que habrá que vivir en un constante escenario político donde se prime la pose, la anécdota, el continente sin contenido, el populismo. Tal vez sea lo que cabe esperar. “Kata to eikós”.