Pues sí, el 2018 ya es año preelectoral en Aragón. En apenas 14 meses se disolverán las Cortes autonómicas y los partidos políticos se embarcarán en la siempre complicada lucha por captar la atención, el interés, trasladar sus mensajes fuerza y, como resultado de todo ello, convencer para el voto, tanto en el Parlamento aragonés como en las municipales.

Suele asegurarse que Aragón es el Ohio español: es decir, que somos una muestra representativa en pequeña escala del resultado electoral general del país, igual que el estado de Ohio refleja cómo serán los comicios en los Estados Unidos. Si bien cada comunidad y cada municipio tienen sus singularidades, es indudable que el arrastre de la marca general, de las siglas de cada partido, influyen mucho en el voto de nuestro Ohio. Si esto es así, las encuestas nacionales hablan de una considerable subida de Ciudadanos, cierta recuperación del PSOE, y un leve desgaste del PP y, en mayor medida, de Podemos. Las elecciones catalanas, con todas sus peculiaridades, apuntan también algunas de estas tendencias.

A casi un año y medio vista, todo es muy voluble. Están por ver muchos otros condicionantes, como la rentabilidad del PSOE y de CHA a su gestión en el Gobierno en Aragón; la proyección del PP tras haber renovado su liderazgo autonómico; la capacidad de aguante del voto aragonesista tanto del PAR como de CHA, ante una agenda informativa y política tan acusadamente nacional, que amenaza con difuminar lo propio; la influencia del pez grande-pez pequeño en la coalición de Gobierno PSOE-CHA; la movilización de IU para recuperar posible voto prestado a Podemos (en el caso de que se sigan presentando por separado) o incluso sorpresas latentes como el escalonado crecimiento del voto animalista de PACMA.

Los ejes derecha-izquierda, aunque no son masas estáticas, no suelen variar a gran velocidad, sino a modo de dinosaurios que avanzan o retroceden según tendencias, pero que a menudo son vasos comunicantes dentro de cada eje. Por eso, los partidos que juegan a ser el referente de su respectivo eje juegan a capitalizar la polarización derecha-izquierda, con el propósito de ser los primeros de su clase, de su club, para que nadie les discuta su condición para gobernar… Pero eso es si suman, claro, si su subida no es a costa de quien necesitarán al día siguiente para formar mayorías.

Por eso en Aragón es tan interesante el papel de los partidos de centro, que pueden decantar la balanza a derecha o izquierda, esas denostadas bisagras que a veces han resultado fundamentales para superar bloques cuando al sumar dentro de la izquierda o dentro de la derecha, simple y matemáticamente, no salen las cuentas.

En todo este magma, la comunicación política, la “compol”, juega un papel clave: cada partido debe elegir muy bien, incluso a un año vista, sus mensajes principales, su relato, de qué va su película, quién es su oponente, cuáles son los puntos fuertes y débiles, tanto propios como de los demás, dónde se echarán las redes en un mar con caladeros cada vez menos fieles, cómo se calendarán las acciones y mensajes, cómo se distinguirán, cómo llegarán al elector… Y luego está la vida, los imponderables, los golpes de suerte, las oportunidades que pasan por delante y hay que saber ver. Sí, el 2018 es preelectoral. Pero, en cierto modo, la campaña ya ha empezado. O debería de empezar.