La repetición electoral ha pasado factura tanto en la ciudadanía como en las propias candidaturas. La campaña electoral ha pretendido convencer sin molestar, a modo de sonido de piano lejano, cansino y con sordina. La renuncia a instalar banderolas y vallas ha borrado del paisaje urbano la más elemental escenografía electoral. Apenas se escuchan furgonetas. Solo algunas carpas informativas y candidatos repartiendo folletos a pie de calle.

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Nadie diría que Zaragoza y Teruel son circunscripciones donde, según las diversas encuestas, están bailando los restos para asignar los últimos escaños, que a la postre pueden ser fundamentales para la suma total en el parlamento. Los mítines centrales han pasado sin pena ni gloria.

Así las cosas, las candidaturas se han volcado en los medios de comunicación, especialmente la televisión, y las redes sociales. Sin grandes fastos: cercanía, proximidad, rostro amable, imágenes esféricas, sin asas, para que nadie pueda agarrar nada por donde no debe.

Los envíos postales son prácticamente el único impacto directo que reciben los votantes. Y en este formato, Unidos Podemos ha sido el más innovador, con un texto dirigido a la emoción, que conecta bien al target de sus votantes jóvenes actuales y amplía el foco hacia el target de su crecimiento deseado: los padres y abuelos de esos jóvenes. Como el cuco, Unidos Podemos ha sabido poner los huevos en el nido ajeno: el caladero de votos socialistas del año 82.

La campaña soto voce favorecería, a priori, a los partidos con mayor fidelidad de voto, como PP y Unidos Podemos. Sin embargo, PSOE está sabiendo trasladar una impresión de remontada, para evitar ser sobrepasados por Unidos Podemos. Este ritmo de comunicación in crecendo, que tan bien manejó Podemos en la campaña de diciembre, lo está apurando en esta recta final el PSOE, consciente de que tiene mucho que ganar en la movilización del votante propio.

Las posibles contradicciones sobre con quién pactaría el PSOE limaron en sus inicios la efectividad al mensaje. Sin embargo, su reacción a una crisis de comunicación en redes sociales (la polémica del vídeo visto por sus oponentes como racista) le ha permitido marcar músculo y territorio propio.

La campaña ha tenido sus tiempos: pasado el tempranísimo debate televisivo a cuatro bandas, da la sensación de que los candidatos han podido centrarse ya cada uno en su libro, solo con algún sobresalto final, como el que afecta al PP por el asunto de la grabación al ministro Fernández Díaz y las acusaciones de conspiración con la oficina antifraude, cuyo manejo y desarrollo está por ver qué incidencia electoral puede llegar a tener, si es que tiene alguna. Llega la recta final. ¿Tendrá alguna candidatura fuerzas para esprintar? Veremos.