El medioambiente simbólico está cargado de grandes conceptos expresados por palabras aún más grandes, como EDUCACIÓN, POLÍTICA, RELIGIÓN, que provocan intensas controversias, pugnas ideológicas y decisiones trascendentales en busca de soluciones urgentes a los graves problemas que se detectan en el colegio, en la familia, en la sociedad y que los medios de comunicación se encargan de amplificar, convirtiéndolos en sucesos escandalosos que ocupan su agenda informativa y llenan de zozobra nuestra cabeza y nuestro corazón.

Sin embargo, en esa selva de enormes árboles, no sólo perdemos de vista el bosque, sino que se nos escapa la presencia y el valor de lo pequeño, que es, sin duda, lo que constituye el gran tejido educativo y vital de millones de seres a lo largo de cada día. El ritual de la comida familiar, el encuentro breve, pero cotidiano; la comunicación no demasiado profunda, pero diaria; las típicas exhortaciones paternas de “ponte bien”, “cómetelo todo”; “no hables con la boca llena”; el “pásame los guisantes” o el “toma la sal”; sus prolegómenos o sus finales: poner y quitar la mesa, fregar o poner el friegaplatos; la sensación de descanso y de reparación de fuerzas, de seguridad y de hogar.

Como dice Weinstein, “los investigadores descubren que nuestros más significativos recuerdos de la infancia no son grandes acontecimientos, sino más bien el cariño mutuo, el compartir, el pasar el tiempo juntos”.

Receta de Año Nuevo: una comida o cena familiar al día, sin televisión, sin móviles, sin más interferencias que nosotros mismos. A grandes males, pequeños, insignificantes y milagrosos remedios. Y sin gastar un duro.