Vivimos confortablemente en un mundo en el que las terribles imágenes de los telediarios ni nos inmutan. Más de dos años viendo bombardeos en Siria, niños enterrados en escombros, decapitaciones, hogueras humanas en los territorios ocupados por los bárbaros de Isis, emigrantes subsaharianos ahogándose en el mediterráneo…, en definitiva, miles y miles de tragedias y vidas truncadas ante las que solo hemos mostrados ligeros espasmos de indignación.

Tristemente, nuestra manejable conciencia solo se mueve ante parámetros cuantitativa y cualitativamente ínfimos, si se comparan con los anteriores (los 12 asesinatos de la revista Charlie Hebdo movilizaron a miles de personas y mandatarios en toda Europa, modificando los protocolos de seguridad e invirtiendo millones de euros en seguridad).

El último input, la foto de Aylan en las playas de Turquía, una foto que ha tocado el botón de la conciencia y, como un resorte, de repente, los ciudadanos del mundo nos hemos vueltos solidarios con los refugiados. Atrás quedan los otros niños y adultos ahogados en los meses anteriores. El botón se ha encendido y han empezado las actuaciones erróneas de buenismo, que sólo persiguen acallar nuestras conciencias y no solucionar el problema de fondo.

Hipocresía en estado puro.