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Un año más toda la familia se reunía frente al televisor. Formábamos parte de los 200 millones de espectadores que nos disponíamos a disfrutar del festival de Eurovisión. Otro año con la esperanza puesta en nuestra representante.

‘Say Yay!’ era una canción pegadiza, en inglés y con un baile de pies que a todo el mundo le gustaba. ¡Este año era el nuestro! Todos estábamos ilusionado. Tal vez la experiencia de José María Iñigo era la única conocedora de lo que iba a ocurrir.

Comenzaron las votaciones y en el tercer país nos dimos cuenta que íbamos a tener nuestro particular “día de la Marmota eurovisiva”. Terminamos los cuartos… comenzando por la cola. Ucrania con sus 534 puntos vapuleó a la española Barei que con sus 77 sigue consolándose con Edurne, Ruth Lorenzo y la incombustible Anne Igartiburu. Daba igual porque lo importante era haber participado. Italia sigue queriéndonos y el resto de Europa da la espalda al país que le acoge todos los veranos.

Me acosté más tranquilo que otros años. El realizador y sus efectos hicieron que me fuese a la cama con la sensación de que el mundo giraba a mí alrededor. He soñado, incluso, con esos fogonazos de luces que llegaron a España desde el majestuoso Globe Arena de Estocolmo. No es casualidad que hoy muchos lleven gafas de sol.

Las redes sociales, anoche, echaban humo. Sólo ahí se denunciaba la vergüenza del festival.  “¿Porqué no dejamos de concursar?” “¿Qué pinta Australia?” o “Abandonemos el acudir al festival por el despilfarro que supone” fueron los comentarios, que junto a la neurótica realización, que sobresalieron toda la noche.

Más allá del telespectador nadie denuncia, nadie se queja, todos lo ven y todos callan. Ya les dije: una vergüenza lo de Eurovisión. Ahora sólo toca esperar al año que viene para ver a quién enviamos a hacer turismo a Ucrania. Cante bien o mal ocurrirá lo mismo.