De tanto fregar platos para ganarse el bocadillo, al becario han acabado por gustarle los fregados, así que… aquí se lanza a uno bueno:

“Las medallas son chapas de hojalata, las banderas son trapos de colores” -cantaba La Polla Records en los años en que nadie (sensato) se indignaba por la letra de una canción-. Agradezco haber vivido mi primera juventud en esos tiempos, cuando una canción era una canción y un chiste un chiste.

El de Dani Mateo, era un chiste. No hace falta que lo entiendas ni te guste. Un chiste. Punto.

En el lenguaje está la diferencia. Conocerlo, manejarlo, disponer de una cultura suficiente permite saber discernir. El ofendido no es otra cosa que un palurdo integral con una cultura limitada.

Una lección de lenguaje, un zasca universal que ha pasado casi desapercibido (por interés) en nuestros medios de comunicación, ha sido el que le dio Macron, Presidente de la República Francesa (en los morros de Trump, guiñol y esperpento planetario) al mundo entero.

Dijo Emmanuel que no hay que confundir patriotismo con nacionalismo. En el lenguaje está la diferencia. Pero claro, la Lengua es materia de letras, ergo asignatura apestada e inservible en este mundo de unos y ceros.

Esa sencilla frase sólo puede concebirse en el país que parió la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. Y hay que haber respirado allí más tiempo que el de una visita a Disneyland y una ascensión a la Tour Eiffel para entender esa patria que guillotinó sus déspotas y esa frase en todo su esplendor.

Y es que en “nuestra” España y en “nuestra” Cataluña “nuestros” políticos han sembrado su propia ignorancia en grandes capas de la sociedad, incluso en las ya cultivadas, a golpe de banderazo y con la connivencia de las televisiones públicas y privadas, hasta el punto en que el ciudadano confunde nacionalismo y patriotismo.

Ya lo dice Emilio Duró: “No hay nada más peligroso que un tonto motivado”. A uno y otro lado de la franja abundan los tontos motivados. Abundan en las calles, en los lugares de trabajo, en las tabernas y en los campos de fútbol. Pero también en los escaños.

Tonto motivado es el que se ofende por un chiste, ya sea en el bar o en un plató. Tonto motivado es el que prefiere una bandera al abrazo de un vecino (por muy distinto que piense), el que prefiere cortar el tráfico a jugar con sus hijos a la pelota, el que reclama un país más grande y el que lo reclama más chiquito.

Porque las banderas, y los países, son marcas. No puedes pretender gustar a todo el mundo. No puedes pretender que todos tus clientes se tatúen tu logo como si fueras Harley Davidson. No puedes imponer tus yogures a todos los compradores porque creas que son insuperables. Siempre habrá quien prefiera a la competencia.

Como marca, como bandera, como marido, tu labor es resultar lo más atractivo posible, ofrecer valor, tener un precio adecuado, seducir, aceptar la crítica y practicar la autocrítica, mejorar procesos, packaging y calidad. Y saber encajar la derrota, la crítica y hasta la burla, por último, cuando se produce.

El patriota ama su producto, lo conoce y lo recomienda con orgullo, y eso no le impide conocer otros productos, valorarlos e incluso reconocer que son mejores en ciertos aspectos. Conocer la competencia y reconocer sus bondades sirve para intentar mejorar tu producto.

El nacionalista, por su parte, intenta imponer su producto a la fuerza, aparta los demás de lineal, compra likes, desprecia las críticas y esconde las vergüenzas.

Por eso es tan importante lo que dijo Macron.

Dediquemos los esfuerzos a mejorar cada día, para que nos compren, en lugar de tener que ir a vender. Y que se ofendan los tontos motivados.