Hora punta de la mañana metidos en un tranvía. Niño de siete años sentado en un asiento jugando con un móvil. Señora que no habrá cumplido los cincuenta le roza en un frenazo y se oye decir al padre del niño: “Tenga cuidado que no le deja respirar”. La señora pide disculpas y calla. Comienza una retahíla de comentarios desafiantes y chulescos hacia la pobre señora que prefiero no pasar a describir.

Al lado de un servidor permanecen de pie varias personas adultas atentas al acontecer ‘mañanero’. Un bulldog francés guarda silencio mientras el tranvía va ganándole terreno a sus paradas que llenan más que desalojan.

Ambiente irrespirable y niño, sin culpa alguna, cómodamente sentado ajeno a todo lo que está sucediendo.

Adoro a los niños y a los perros. Por este orden. Pero no puedo con los maleducados.