¿Piensa qué es lo único que te hace regresar a casa por haberlo olvidado?

¿Te provoca ansiedad tener un 1% de batería?

¿Miras por la ventana del tranvía? ¿A aquellos que te acompañan en el vagón de metro?

El  año pasado España ocupó el quinto lugar del mundo en el ranking de ‘enganchados’ al móvil.  En enero de este año, un estudio publicado por  la revista especializada Emotion, concluía que los adolescentes que pasan más tiempo enganchados al móvil son “notablemente” más infelices que los que invierten más tiempo en otras actividades como el deporte o la lectura.

Pero parece que todo nos da igual. No va con nosotros. La adicción al móvil no está –todavía- reconocida como una enfermedad. Utilizar este término le quita importancia a un problema grave y convierte en patología algo que no lo es.

Pero lo tengamos claro: no es el móvil, sino lo que hacemos con él.

Me gustó como el magnífico fotógrafo Eric Pickersgill nos llamó la atención sobre la omnipresencia del móvil en nuestras vidas. ¿Cómo lo consiguió? Haciéndolos desaparecer. Arrebatándonoslos de las manos observamos nuestra desnudez. En numerosos momentos del día nuestro compañero es él y no la persona que tenemos al lado. Y la otra persona podría decirme: ¿Pasas de mí? ¿Me necesitas?

¿Tenemos un problema? Sigamos pensando que no.