Llevamos ¿quince años? combatiendo contra viento y marea la ambigüedad engañosa, torticera y deformadora de la oposición ‘nativo-emigrante’ que Prensky tuvo la ocurrencia de alumbrar. Una oposición basada en una hipótesis que iba por completo contra el sentido común y que, sin embargo, fue aceptada de inmediato por la comunidad científica y por la sociedad entera.

Que la comunidad científica lo recibiera con alborozo es preocupante porque dice mucho de cómo está dicha comunidad. Pero fue mucho peor para el resto porque en dicha oposición se escondía –como ya hemos explicado en otro post– “no una descripción neutra de la realidad, sino una oposición maniquea y cualitativa –hábil/torpe, listo/tonto, preparado/no preparado, joven/viejo…- que de inmediato prestigió lo nativo y desacreditó lo emigrante provocando lo que aquí hemos denominado el complejo Prensky: una especie de inferioridad generacional previa a cualquier posicionamiento frente a la tecnología.

Un tópico sin base alguna porque para nosotros siempre ha sido obvio que el uso de la tecnología no es una cuestión de habilidad de los pulgares en la pantalla, sino un problema de productividad y rendimiento, de trabajo y de talento. Como en todo, en la tecnología de la comunicación y especialmente en internet, la competencia no viene dada por el tiempo que se pasa en la red, sino por la utilidad que se le puede sacar en cada visita.

Pues bien: se acaba de publicar un libro –Los nativos digitales no existen– en donde ¡¡POR FIN!!, una serie de expertos que han estado callados y utilizando la vieja fórmula una y otra vez (Enrique Dans, Genís Roca, Juan García, Andy Stalman, Dolors Reig o Borja Adsuara), afirman ahora que nuestros hijos no llevan la tecnología en los genes y que están, por el contrario con unos niveles de competencia digital bajo mínimos porque utilizan la tecnología no para enriquecerse culturalmente con ella, sino para entretenerse, compartir, alimentar su perfil y hacer el gamba en la red.

nativos-digitales

La coordinadora del libro –Susana Lluna– se atreve a echar la culpa a los padres que los han abandonado como huérfanos en la red, sin tener en cuenta que quince años repitiendo lo listos que eran los chicos solo por haber nacido y lo tontos que éramos los padres solo por haber llegado tarde son muchos años para que toda una generación de progenitores ni se atreviera a intervenir ante tanta habilidad innata.

Ahora, quince años después, resulta que no solo no eran tan listos, sino que son patosos digitales y resulta que, en palabras de Enrique Dans, «las promesas de una generación capaz de entender el funcionamiento de las herramientas han resultado ser completamente falsas: salvo en casos excepcionales, hablamos de una generación que se limita a utilizar las aplicaciones que les vienen dadas, e incluso usuarios simplistas, que emplean un número muy limitado de herramientas para pocas funciones».

Era todo tan bonito, tan ciberoptimista, verles desde pequeños con la tableta y el ordenador y luego el smartphone mostrando tanta destreza que a cualquier padre se le caía la baba de gusto viéndoles teclear a tanta velocidad mientras ellos apenas si podían entender cómo se encendía el móvil.

En fin, más vale tarde…