“Me llamo Joseph, tengo trece años y soy un adicto al porno, rehabilitado”. Es la confesión de este niño, que comenzó consumiendo pornografía desde los nueve años. Estaba jugando en internet cuando, de repente, apareció una ventana en una esquina del monitor, pinchó en ella y se trataba de una página porno. Es  lo que hay.

Es el testimonio central del documental de Jared y Michelle Brock. No tiene desperdicio y debería ser de visionado obligatorio en todas las escuelas de padres de los colegios públicos y privados de una sociedad que no se entera y que asiste impávida a un fenómeno completamente nuevo que está afectando en el desarrollo de su afectividad a millones de chavales cuyo primer contacto con la sexualidad aun antes del comienzo de la pubertad es el que le proporciona la industria pornográfica, desde el momento en que les ponen un móvil en el bolsillo o acceden a su primera tableta u ordenador con conexión a la red y sin filtro parental alguno. Eso es lo que hay.

Del soporte papel de las revistas eróticas y pornográficas que se desarrollaron en los años cincuenta del siglo pasado, la industria dio un salto cuantitativo y cualitativo con la producción de películas distribuidas en vídeos y DVDs, a partir de las décadas de los 70, 80 y 90. Pero el consumidor todavía tenía que desplazarse al quiosco o al videoclub donde este tipo de material estaba protegido en bolsas, dispuesto en secciones para adultos o servido en establecimientos para mayores de 18 años. Aunque la televisión por cable introducía el consumo en el hogar, el acceso de los menores estaba regulado y seguía siendo muy restringido.

El auténtico pelotazo de la industria se produjo con la llegada de internet y la banda ancha que se generaliza a partir del 2000 y, sobre todo, con la llegada del smartphone —”CrackBerries” se les llamó en EEUU por la naturaleza adictiva de los primeros— a lo largo de esa primera década. El ordenador personal, primero, la tableta y el móvil, después, individualizaban la disponibilidad de la pornografía desde el anonimato y sin restricciones, dando paso a un consumo masivo y, sobre todo, al acceso de los menores desde edades muy tempranas. Es internet y es lo que hay. Es más: muchos de los adelantos técnicos que se han generalizado en la red son consecuencia de la investigación e inversión de la industria del porno para distribuir sus productos.

Pero Internet no solo ha cambiado la cantidad de consumo pornográfico, también su “calidad”: lo que antes era porno blando,  suave o erótico  ha salido del armario y hoy es un producto cultural de masas presente en películas y series de TV, mientras el llamado porno duro se ha diversificado, ampliado, especializado…,  endureciendo extremadamente sus contenidos y ofreciendo un producto gratuito, cada vez más adictivo, violento, misógino y degradante a los consumidores de la red. Eso es lo que ahora hay.

Pones ‘porno’ o ‘sexo’ en el buscador y aparecen cientos de miles de imágenes y vídeos gratuitos. “Las páginas porno gratuitas son el equivalente a repartir cigarrillos en el colegio durante el recreo. Es una excelente forma de poner las bases para potenciales adictos al porno. Es un gran plan de negocio pero absolutamente devastador para la sociedad”, afirma la socióloga Gail Dines. Es lo que hay.

“Todo empieza suavemente contemplando tetas y culos… pero, para mí, las cosas se descontrolaron a medida que me hacía más insensible al contenido: empecé a buscar cosas más extremas, imágenes más fuertes. Las cosas se volvieron muy violentas y misóginas. Eran cosas que me provocaban ansiedad y temor, cosas que me hacían sentir confuso. Cuando acababa de verlas pensaba: ¿por qué acabo de ver eso? ¿Qué es lo que me está pasando?”. Es uno de los testimonios de un exadicto del documental relatando sus primeros pasos en la red.

Dines describe cuál podría ser la escena tipo que puede contemplar hoy cualquier chaval en la red: “Hay una mujer y normalmente tres hombres. Ellos la penetran oral, anal y vaginalmente. La escena dura y dura y dura porque son penes fortalecidos con viagra. 20 minutos o media hora después se retiran y los tres hombres al mismo tiempo eyaculan en su cara. Ella está tan exhausta que apenas puede moverse y tiene que decir: ‘síii, me encanta’” Es lo que hay.

Los padres de Joseph: “[a los nueve años] estaba demasiado furioso para poder interactuar con otros niños. Y cuando lo hacía, a menudo, empezaba pelear. Su conducta cambió y empezó a pegar a su hermana. Estaba imitando lo que veía. El cambio fue el resultado directo de ver a hombres maltratando a mujeres. Pensaba que él también tenía derecho a hacer eso“. Es lo que hay.

“Hay una razón científica para explicar porque los riesgos de la adicción al porno es mucho mayor entre niños y adolescentes que entre los adultos: el placer sexual incrementa los niveles de dopamina en un 200% en el centro de recompensa del cerebro (el núcleo acumbens); eso es casi equivalente al mismo nivel de morfina; pero el córtex prefrontal, la parte anterior del lóbulo del cerebro que reconoce consecuencias y actúa como un cortafuegos, solo se desarrolla plenamente entre el principio y la mitad de la veintena. Los niños que ven porno es como si se metieran un chute de morfina en el cerebro prácticamente una década antes de poder protegerse solos“, nos dicen los autores del documental.

Las consecuencias son niños y jóvenes que no se excitan ya con nada, enganchados a la pornografía, que se masturban diez o veinte veces al día, que son incapaces de establecer relaciones en el mundo físico real o que intentan reproducir en él los comportamientos violentos que han aprendido en la red. Es lo que hay.

“¿Dónde están los adultos? ¿Dónde están los pediatras? ¿Dónde están los psicólogos clínicos? ¿Dónde están todas esas personas que tienen un interés personal en el bienestar de la próxima generación?  ¿Cómo han podido dejar que pase esto?”. Es la pregunta que se hace la socióloga Dines en el documental. Y nosotros con ella.

Pero, por ahora, es lo que hay. Y habrá que cambiarlo. Usa la tecnología, no la consumas o serás consumido por ella.