La periodista Rosa María Calaf ha visitado Zaragoza con motivo de su participación en unas jornadas sobre Periodismo y Derechos Humanos organizadas por Heraldo de Aragón. La reportera cree que cada vez se da más importancia al entretenimiento que a la información de calidad. Asimismo, como trabajadora de TVE durante varias décadas, considera fundamental que la televisión pública garantice una información plural, rigurosa y honesta, dirigida al bien común y no al de unos pocos.

  • Su visita a Zaragoza ha servido para profundizar un poco más en la relación entre periodismo y derechos humanos. ¿Qué espacio queda en los medios para la denuncia de injusticias frente a otro tipo de contenidos?
  • Cada vez menos, ese es el gran problema. Se ha tomado una deriva a informar más de aquello que impacta que de aquello que importa. De hecho, especialmente en televisión, la estética de los informativos es muy cinematográfica. Todo tiene que tener un golpe de efecto. Esto hace que, en muchas ocasiones, las cosas sean más superficiales, se banalicen y se prefieran informaciones que producen una emoción, aunque transmitan poco conocimiento. Además, las noticias son cada vez más efímeras, lo que hace que la ciudadanía nunca se llegue a plantear preguntas, porque pronto se deja de hablar de las cosas.
  • Entonces, ¿considera que la sociedad no está bien informada?
  • Efectivamente. Es algo paradójico en un momento como el actual, en el que contamos con la tecnología más avanzada y que, por lo tanto, debería de permitirnos alcanzar un mayor conocimiento. El problema es que esa tecnología se usa más para distraer y entretener, que para proporcionar ese conocimiento, con lo cual, acaba siendo una herramienta de desconocimiento y desinformación. La avalancha de información con la que contamos es tan grande que hace que sea difícil de asimilar y, por tanto, reflexionar.
    Si los medios no dan al ciudadano todos esos elementos de conocimiento que necesita para poder formarse una opinión sensata, cabal y que se sustente sobre una información de calidad, lo que terminará pasando es que la ciudadanía se configurará una opinión pública que estará equivocada.
  • Parece ser que la rentabilidad es la que manda. ¿Vale todo para conseguirla?
  • Hay una tendencia general a utilizar la información, convertida en entretenimiento, con un fin que, en muchos casos, es meramente económico. El negocio se sitúa por encima de la vocación informativa. Sin embargo, en otras ocasiones, lo que hay es una perversa voluntad de manipular, engañar y favorecer determinadas causas. De ahí la importancia de crear un espíritu crítico en la ciudadanía desde que son niños. Y es que cuando recibe un mensaje tiene que saber quién lo manda, para qué y por qué.
  • ¿Qué papel corresponde entonces a los medios de comunicación?
  • El ciudadano no tiene tiempo para limpiar y separar la parte tóxica de la información de la salubre. Esa es la labor que corresponde a los periodistas y los medios: facilitar los hechos tal y cómo son. Luego, cada uno que opine lo que quiera. Lo que no se puede hacer es modificar la explicación de los hechos a conveniencia. En este sentido, la tendencia general de supeditación del poder mediático al poder político y, sobre todo, al económico, deja indefenso al ciudadano. No se puede construir una sociedad en la que el único parámetro de valoración sea el dinero.
  • Prácticamente toda su carrera profesional se ha desarrollado en medios públicos. ¿Qué ha pasado para que estén tan demonizados?
  • La televisión pública en España nunca se ha entendido (igual que nada de lo público). No se ha explicado su valor. Es el derecho que tiene la ciudadanía a la información y, al mismo tiempo, el esfuerzo por informarse. Además, en el caso de la televisión es un asunto que siempre ha estado muy viciado –en unos casos más que en otros- por aquella idea de que cuando se ganaban las elecciones, el Gobierno de turno tenía de regalo la televisión. Evidentemente, hay que cambiar esa percepción. Porque la televisión pública es la televisión de todos y la que debe de garantizar una información plural, rigurosa y honesta, dirigida al bien común y no al de unos pocos.
  • Nueva York, Viena, Moscú, Buenos Aires, Roma, Pekín,… son algunas de las ciudades en las que ha residido durante sus cerca de cuatro décadas como corresponsal. No parece una vida fácil. ¿Ha tenido que renunciar a mucho?
  • La verdad es que no, porque esto era lo que yo quería. Es más, me siento profundamente privilegiada de haberlo podido hacer. Obviamente, he estado menos con mi familia de lo que me hubiera gustado, pero no he tenido la sensación de sacrificio.
  • ¿Ha cambiado mucho el trabajo como corresponsal desde que empezó hasta ahora?
  • Del blanco al negro. El periodismo reflexivo y de investigación y, por tanto, la posibilidad del corresponsal de utilizar el conocimiento del lugar y sus contactos para elaborar informaciones con valor (diferentes a las de las agencias), ha desaparecido. Además, es una figura cada vez más minoritaria, puesto que la mayoría de medios apuestan por enviados especiales. Éstos están dos días en un sitio y luego se van para otro, con lo cual, no hay especialización. No se dan cuenta que no se trata sólo de estar, sino de contar. En cuanto a los corresponsales que quedan, tienen que hacer tantas conexiones al día, que prima la cantidad frente a la calidad informativa. Ese cambio de objetivo y de contextualización por la inmediatez hace que se resiente el producto informativo y que sea difícil realizar informaciones de calidad.
  • Su pelo rojo siempre ha sido una de sus señas de identidad. ¿Le ha supuesto algún problema en algún sitio?
  • Al revés, en muchas ocasiones me ha servido para abrirme puertas. En Asia nadie lleva el pelo rojo, esto hace que mucha gente se acerque a ti por curiosidad. De hecho, recuerdo una situación en Filipinas, con unos jóvenes muy alternativos que estaban en una comuna, con los que pude hablar porque mi pelo me facilitó acercarme a ellos.
  • ¿Echa de menos esa vida?
  • La verdad es que no, porque tampoco paro mucho. Además, no soy nada nostálgica y cuando cierro una etapa –y todo en la vida empieza y acaba-, la cierro. A esto se suma que estoy haciendo muchas cosas, aunque ahora sea desde otro frente, el de la defensa de la información. Las personas que hemos tenido la suerte de tener tantas experiencias y tantas oportunidades de conocer gente de las que hemos aprendido debemos y tenemos la obligación de compartirlo y de defenderlo. No cambiaría nada de mi vida activa, pero tampoco cambiaría ni un minuto de mi vida actual.