Una nueva categoría de consumidores, jubilados pobres y singles compartiendo piso en las afueras de las ciudades, empujados a esa forma de vida por la crisis social, demográfica, económica y por la quiebra del modelo de pensiones tal y como lo conocemos hoy.

Seremos yayorasmus, los nacidos después del baby boom, los supervivientes de dos crisis brutales (y viviremos al menos una más) que nos condenaron a la desprotección, la precariedad, la prejubilación, el paro prematuro.

Cotizamos muchos años, pero la meta de la jubilación se iba alejando a ritmo de reforma del sistema mientras el cerdito de las pensiones se lo jalaban rescates de grandes corporaciones (el precio de sostener un país en quiebra práctica) y algunos (cientos) de políticos corruptos se llevaban la pasta en carretilla en el peor momento de las crisis con una falta de pudor que no se le conoce a la peor de las hienas de la sabana.

Hicimos lo que nos mandaban: estudia, trabaja, compra un piso, haz un plan de pensiones (¿con qué?) y sé padre. Paga impuestos, contribuye, separa el plástico, el papel y el vidrio. Págate un máster y estudia entre biberón y biberón. Cotiza, vota, calla.

Pero cuando lleguemos a la fiesta ya no quedarán canapés.

Seremos yayorasmus, al estilo L’auberge espagnole, sólo que con menos pelo que Roman Duris y menos frescura en la cara que Audrey Tautou o Cécile de France. Una pensión mínima que no dará para vivir dignamente, eternos espectadores de obras públicas, inauguraciones y otros pasatiempos gratuitos, sin habitación de invitados, a miles de kilómetros de nuestros nietos -hijos de nuestros hijos emigrantes económicos-. Atendidos por boots médicos, intercambiaremos recetas, nos prestaremos media viagra en un momento de subidón y tendremos siempre cartones de tintorro en la nevera.

Pero esta forma de vida nos aportará compensaciones humanas. Devueltos a la base de la pirámide de Maslow, a la casilla de salida del Monopoli, cultivaremos huertos urbanos (supervivencia obliga) y seremos delicadamente promiscuos, cascarrabias y malos compañeros de piso, pero solidarios y atentos en la enfermedad, secretamente compasivos en la aplicación de la eutanasia a nuestros más perjudicados ancianos.

Nos prestaremos los libros, nos contaremos los síntomas y los achaques, haremos concursos de chistes -fatales para nuestra incontinencia- y turnos para la limpieza del hogar. Una nueva categoría de consumidores: ropa usada, compañías low cost de telefonía, microcréditos, bazares chinos, adhesivo para dentaduras, áreas discount de los grandes almacenes, webs de señal pirata deportiva, muslos de pollo y casquería. Una long tail de artículos de baratillo competirán por nuestros clicks, del 1 al 15 de cada mes, eso sí.

Los yayorasmus seremos moderadamente infelices, consumidores de moléculas genéricas para el tratamiento de la depresión, figurantes en las calles, muebles de biblioteca, capataces de obra de extrarradio, okupas de hogar del jubilado con wifi gratis.

Así se nos irá gastando la vida, con una gran ventaja nada despreciable: moriremos acompañados.