Hace unas semanas se estrenó ‘Mr. Holmes’, película en la que Sir Ian McKellen da vida a un nonagenario Sherlock Holmes que empieza a sentir los primeros síntomas de una decadencia, no sólo física, sino también, y ésa es sin duda su mayor preocupación, mental. Gracias a los beneficiosos efectos de la jalea real producida por las abejas que él mismo cría, ha conseguido retardar el envejecimiento de su cuerpo y su cerebro, pero el paso del tiempo es inexorable.

La película, dirigida por Bill Condon, está basada en una novela de Mitch Cullin. Y, como suele ser habitual en las adaptaciones cinematográficas, hay personajes o subtramas que en el tránsito del papel al celuloide se aligeran, modifican o, simplemente, desaparecen. Con todo, ambas, novela y película, son muy recomendables, pero por cuestiones y para públicos distintos.

Para aquéllos que consideren a las novelas y relatos de Conan Doyle tan sólo un entretenimiento, mi consejo es que lean el libro, porque no es, ni lo pretende, una de las aventuras características de Holmes. No hay ningún caso por resolver y la historia narrada en tercera persona y, en ocasiones, por el propio Holmes, está lejos de los textos originales. La novela de Mitch Cullin explora la angustia de un personaje ante la pérdida de sus privilegiadas facultades mentales, de todo aquello que fue, pero también de las personas por las que ha sentido algún afecto a lo largo de su vida. El genial detective, que desdeñaba cualquier tipo de sentimiento afectivo y presumía de una mente racional y analítica, despojado de sus cualidades intelectuales, se enfrenta, por primera vez en su vida, a la soledad.

Sin embargo, el interés será mayor para los holmesianos de pro, ávidos lectores de las andanzas de Holmes, habituados a las múltiples traslaciones de su mito al cine, al teatro o a la televisión. Lo han visto muchas veces, con el rostro de muchos actores, pero siempre era el detective, el personaje creado por Sir Arthur Conan Doyle. La novedad es que aquí, al reducir su proceso deductivo a esporádicos momentos, su faceta humana queda más al descubierto. En este sentido, la interpretación de Ian McKellen es brillante. Su mirada y sus gestos reflejan a la perfección como una parte dentro de Holmes, aquélla que le hacía diferente al resto, se va poco a poco. La persona cobra vida en detrimento del personaje.