Llega septiembre y la amargura vuelve. Ese largo suspiro que acompaña cada conversación, cada negociación, cada momento de descanso frente a la máquina de café.

“¿Qué tal las vacaciones? Cortas”

Ese maravilloso cliché en forma de cortés diálogo que disfraza el incómodo momento de reencontrarse con los compañeros de trabajo, incluso con los que jamás te relacionas.

Por favor, ¿puede alguien acabar con este paripé?

No, las vacaciones nunca son maravillosas, ni mucho menos perfectas. Pasamos más momentos lamentándonos que disfrutando de los días de asueto. Deseamos volver a la rutina para quejarnos, para gimotear, para poner mala cara, para enfadarnos en los atascos, para tratar mal al otro.

Queremos volver a nuestra esencia gris y olvidar el pasado en unas coloridas bermudas. Buscamos una excusa para justificar nuestra actitud.

Ansiamos el momento final en el que podamos comparar nuestra “cruda” realidad con la ideal belleza del paraíso estival.

Por favor, paremos ya.

Sonriamos y digamos con gran orgullo: “soy un amargado y me gusta mi rutina”.