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Es peor que ese teléfono roto al que les encanta jugar a mis hijos. Hablan pero no se escuchan. Hablar es una necesidad y escuchar es un arte. Ellos hablan utilizando mal la estructura “sujeto-verbo-predicado” pero ya lo de escuchar nos demuestran su incapacidad de una manera solvente.

Teléfono roto, no escucho y no pacto ni el vino que tomamos en la comida. Eso es lo que les pasa a los dos grandes. Me consta que de hemiciclo para afuera es la misma película.

Pena me da que el cordón esté roto. Mucho ruido y ninguna nuez hacen que bajen y bajen. No se den cuenta y otros suban y suban. Y nadie cambie y los que fueron dejen de serlo y los que apuntaban lleguen a ser determinantes.

Este país ya ha cambiado. Unos cansados, otros llenos de hartazgo, esperanzados los menos  y muchos los resignados. En definitiva, es lo que tenemos o dicen que nos merecemos. Cuenta atrás para lo que nadie sabe.