En este mes de septiembre que a punto está de terminar me he encontrado a un par de familias que habían perdido a su mascota. El estado de sus dueños tras la trágica muerte de sus perros era lamentable. He de confesar que no termino de entenderlo.

Durante catorce años me acompañó en la vida un perro de caza bajito y de cuerpo largo, con unas llamativas y largas orejas y un sentido del olfato extremadamente desarrollado. Cabezón a la vez que cariñoso. Este basset hound atendía al nombre de Eros. No le llamamos así en honor al Dios del Amor. Simplemente me gusta desde hace muchos años el autor romano de La luce Buona Delle Stelle. Siento ser así de simple.

Por tanto, entiendo lo que es la compañía de un animal en mi vida. Tras más de una década compartiendo con Eros muchas horas. Sufriendo algunas de mis penas. Disfrutando muchas de mis alegrías. Limpiando enormes bolas de pelusa y paseando todos los días del año -sea un invierno frío o el agobiante calor del verano- sigo sin entender esos sentimientos de amargura que afloran en algunas personas al desaparecer sus mascotas. No lo entiendo y le pido que no se enfade conmigo.

Tampoco entiendo y aborrezco al que no soporta a los animales y les trata con suma indiferencia. Siempre he dicho que no es de buenas personas. No lo entiendo, y en este caso, le dejo que se enfade conmigo.

La muerte de una mascota se tapa con la entrada de otra. Háganme caso: mientras se lamentan de la pérdida, vayan pensando en adoptar otro. Existen miles de perros abandonados en nuestro país. A los que fueron dueños de estos perros desamparados, sólo me queda decirles, que no les entiendo. De mi parte ¡váyanse al infierno!