Concierto de la Fundación Excelencia en el Auditorio de Zaragoza. La Orquesta Sinfónica de España interpreta la Sinfonía nº 9 de Antonin Dvorák, también conocida como la “Sinfonía del Nuevo Mundo”. Al principio del cuarto movimiento suena por primera vez y con contundencia una música que todos los asistentes reconocen y eso se nota por el ligero cabeceo de gran parte del público y por el acompañamiento de sus manos que trazan en el aire unos virtuales compases musicales. ¡Qué poco podía imaginar el bueno de Dvorák que su composición más célebre se identificaría con las respetables actividades de una compañía aseguradora!

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Así es. La imagen que se le ha venido a la cabeza a la mayor parte del público asistente a este concierto cuando han comenzado a sonar esas notas es la del logo rojo de esa entidad cuyos anuncios publicitarios cuentan, además la presencia inconfundible del mejor tenista español de todos los tiempos, Rafa Nadal. Por seguir con el tenis, a estas alturas del partido no creo que los aficionados de la música clásica más puristas se rasguen las vestiduras ante un hecho que hoy en día es de lo más cotidiano, la utilización de las obras de los grandes maestros de la música, o de otras expresiones artísticas, como medio para captar la atención sobre unos determinados productos o servicios que hay que poner en el mercado. Es la fuerza de la publicidad, el poder de los medios audiovisuales. Con todo, habrá quien piense que estamos ante la vulgarización de la cultura o la banalización del arte. Pero también es posible adivinar el lado positivo: la difusión de estas creaciones del genio humano y su conocimiento por parte de cualquiera de los habitantes de esta aldea global llamada Tierra en la que vivimos.

En el fondo, son dos maneras de ver el hecho artístico: por un lado la de aquéllos que piensan que el arte sólo es “disfrutable” por quien tiene un nivel de conocimientos que le permite apreciar la técnica, los matices y el trabajo del artista. Por el otro, los que creen que la sensibilidad artística está por encima de cualquier presupuesto educativo o formativo, y está al alcance de cualquiera. Bueno, ahí está el debate. Probablemente, igual que la virtud aristotélica estaba situada en el justo medio entre dos actitudes extremas, la mejor manera de acercarse al arte se encuentre en el punto medio entre esas dos visiones antagónicas del arte.