Doscientas crónicas de este Cronista y dos años de vida de Extradigital. Estas circunstancias me obligan a que el artículo de hoy sea especial. No es fácil.

El mundo digital sobresatura de información a nuestra sociedad. Pero no viene acompañada de un lector que desee profundidad en los análisis. Nos basta con titulares llamativos que llamen la atención del lector furtivo. Se lee menos en una sociedad donde la educación, urbanidad y respeto, en ocasiones, brillan por su ausencia.

Japón en 1872 tomó la decisión de cambiar su destino basando su transformación en la idea de que la ciudadanía era el principal recurso de la nación y que su futuro dependería de su capacidad para prepararla mejor. Este modelo lo siguieron Singapur, Kenia – hoy la tercera mayor renta per cápita del mundo-, Taiwán, Corea del Sur y China que decidieron invertir en educación consiguiendo que sus sociedades se transformaran en apenas una generación.

El otro camino, elegido por España, es dar la espalda a la educación y emprender un viaje hacia la decadencia. Nuestras aulas están huérfanas por la falta de un pacto de Estado por la educación con leyes educativas que varían según determine el que gobierna. Siete leyes en treinta años evidencian este pobre camino.

Estamos a la cola de todo informe internacional. No encontramos universidades entre las cien mejores del mundo y en las calles se apelotonan almas vestidas de camisetas variopintas que trasladan lo que los legisladores nos mal venden inteligentemente. La autoridad se ha desvanecido y los modelos educativos se han prostituido de una mediocridad que se enmascara con las buenas intenciones de algo que llaman excelencia. Posteriormente son la empresa y la política los receptores de inocentes portadores de la miseria intelectual incubada.

La OCDE refleja como un estudiante japonés de secundaria posee los mismos conocimientos que un graduado de universidad español. En comprensión lectora, matemáticas o ciencias estamos lejos de todos convirtiendo a nuestro país en líder de fracaso escolar.

El daño es reparable cuando cese la negligencia y nula visión de todos nuestros legisladores. Pónganse, de una vez por todas, manos a la obra aparcando sus intereses partidistas y, en algún caso, sectarios. Copien lo bueno. Trabajen el talento y cultiven la cultura del esfuerzo. Y después doten al sistema educativo de herramientas y presupuesto.

Rescatamos al sector financiero o al del automóvil  y no se preocupan del futuro de nuestra sociedad. Falta determinación y consenso en los objetivos en la comunidad educativa y, sin embargo, sobra torpeza y egoísmo electoral.

No les preocupe que mundo vamos a dejar a nuestros hijos. Preocúpense de qué hijos dejaremos a este mundo. Y que nadie se lave las manos, porque la educación comienza en casa.