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Covid-19 y tecnologías de la comunicación: dos caras de una moneda sobredimensionadas

La situación provocada por la aparición del Covid-19 y, sobre todo, las medidas de confinamiento social tomadas para afrontarlo han evidenciado, como nunca había ocurrido antes, las fortalezas y debilidades de la sociedad digital y de las tecnologías de la comunicación.

Por un lado, el aislamiento forzoso impuesto por el Gobierno ha propiciado la gigantesca intensificación del uso de todas las tecnologías de la comunicación: aplicaciones (Whatsapp, Telegram, Skype, Zoom, Houseparty o Discord,…); redes sociales  (Twitter, Facebook, Instagram, YouTube,…); consumo de televisión y radio generalistas, así como de series y películas en streaming a través de distintas plataformas (Netflix, HBO, Amazon Prime video, Rakuten,…); aumento exponencial de la compra online; incremento del tiempo de uso de ordenadores en red para el desarrollo de las clases online de colegios y universidades; crecimiento desmesurado de búsquedas de todo tipo en internet; aumento también exponencial del tiempo dedicado a los videojuegos, tanto en privado como en línea, y, por supuesto, un incremento formidable del tiempo de uso del móvil en todas las franjas de edad.

Datos relevantes

Siguiendo el magnífico hilo en Twitter de Hugo Saez, he aquí algunos datos:

  • En España se han registrado aumentos de consumo de internet cercanos al 40%. Los datos móviles alcanzan porcentajes incluso más altos de subida.
  • Facebook ha reportado un aumento del 50% en la mensajería en sus aplicaciones y el doble de volumen en videollamadas. Las videollamadas en grupo desde productos de Facebook, WhatsApp y Messenger han aumentado hasta un 1000% y algo parecido ocurre con otras aplicaciones de comunicación en grupo, como Zoom, Houseparty o Discord. Muchos sectores poco digitalizados por la edad o la costumbre se han familiarizado con estas aplicaciones.
  • Las redes sociales también están siendo una de las principales fuentes de información en todo el mundo. Facebook, Youtube y Twitter han reforzado aún más su rol como vehículos de noticias en muchos países.
  • Igualmente, la televisión está viviendo un momento dorado. La reclusión ha disparado su consumo hasta máximos históricos en España. De media, estamos consumiendo 100 minutos más de televisión, alcanzando las 5 horas y media al día, y el consumo de vídeo en streaming se ha disparado un 38%. Lo mismo podemos decir de la radio. Paradójicamente, como luego comentaremos, las empresas generalistas, que viven de la publicidad, lo están pasando mal por la disminución apreciable de su verdadera clientela.
  • El tiempo dedicado a los videojuegos también está creciendo de manera espectacular. En Estados Unidos, las descargas de juegos han aumentado un 50%, mientras que el juego en línea ha aumentado un 75%, según Verizon. La industria del videojuego ya es la más rentable comparada con el cine y la música. La crisis del coronavirus probablemente va a aumentar esa brecha.
  • A nivel de las compras online, Amazon, en EEUU, afirma estar procesando entre un 10 y un 40% más de paquetes de lo normal y su web ha recibido un 32% más de visitas que en las mismas fechas del año pasado. Mientras el comercio agoniza obligado, Amazon hace su agosto.
  • Para la enseñanza online, no cabe duda de que esta ha sido su definitiva puesta de largo ya que ha obligado a profesores y alumnos de todos los niveles educativos a habituarse al uso de herramientas, algunas de ellas magníficas, que estaban ahí, pero que eran utilizadas todavía de forma minoritaria. Para muchos, puede haber sido un descubrimiento que ya no abandonen.
  • Incluso en la Iglesia, que se había ido introduciendo tímidamente en el mundo digital, el aislamiento ha dado un fuerte impulso al establecimiento de contactos en redes, especialmente Whatsapp y YouTube, para mantener la relación con sus fieles.
La mejor cara de la tecnología

Es evidente que, en este caso, la tecnología ha expuesto su mejor cara, probando su eficacia en acercarnos lo lejano (acontecimientos y seres queridos) como ninguna otra había sido capaz de hacerlo y proporcionándonos, además de ingentes cantidades de información y entretenimiento e incluso objetos físicos, convenientemente empaquetados.

Por eso, como dice Hugo Saez, es posible que una de las consecuencias de esta eficacia pueda ser que se fortalezca el ciberoptimismo superficial que siempre flota en el ambiente en detrimento de posturas más críticas con los peligros del excesivo uso de las pantallas como las que sostenemos aquí para defensa de los consumidores.

Sin embargo, no es tan sencillo. Porque, en efecto, esa formidable sobredimensión del uso y consumo tecnológico, ha puesto de manifiesto igualmente sus miserias y ha sobredimensionado también sus riesgos.

En primer lugar, esa capacidad digital de acercarnos lo lejano no ha rebajado nada, sino todo lo contrario, su capacidad de absorción aislante que nos aleja de lo próximo, su capacidad adictiva y su pobreza como sucedáneo de la comunicación presencial. No porque yo lo crea, sino porque es algo inherente a toda esta tecnología y al diseño de los dispositivos con la que la utilizamos. Quizá una de las cosas positivas de esta crisis pueda ser que la obligatoriedad de su uso y la imposibilidad del cara a cara hayan evidenciado de manera más radical su carácter de pobre sustituto de la realidad que en la vida cotidiana normal está mucho más enmascarado. Todos agradecemos su existencia, pero nunca como ahora, percibimos también su pobreza y limitación, frente al encuentro físico al que estamos deseando volver para encontrarnos ‘de verdad’ con los demás.

Saturación

En segundo lugar, la saturación. Saturación de intercambios de mensajería a través del móvil: un aluvión insufrible de vídeos, frases, eslóganes, memes, chistes, bromas, parodias y caricaturas reenviados una y mil veces buscando ser tan virales como el virus que las provocaba. Una viralidad incorpórea, no mortal, pero igualmente nociva para la auténtica comunicación, pues la convierte en tedioso y molesto ruido que en vez de comunicar, dificulta la verdadera comunicación, provoca un enorme desgaste, pérdida de tiempo y un enorme consumo de atención robada a los que tenemos más cerca.

Saturación de las consignas del “quédate en casa”, los diferentes “resistiré”, los “juntos podremos”, los “alone together” y los consejos de prevención del virus que han invadido todos los ámbitos del entretenimiento y la información, tanto institucionales, como de las propias televisiones y radios generalistas. E incluso el de las marcas publicitarias que las sostienen, constituyendo un pelmazo admonitorio inaguantable (excepción hecha de esta obra de arte de la agencia Sioux Meets Cyrano’s y la agencia de medios Havas para Bankinter que os pongo más abajo) que, sumados a las tertulias e informativos de los que desapareció cualquier información ajena a la pandemia, han detenido el mundo.

Todo dejó de suceder no tanto porque la actividad ciudadana se interrumpiera, sino porque los intermediarios responsables de informarnos dejaron de hacerlo descontextualizando así la información y aumentando la sensación de aislamiento. Ha sido una pérdida la desaparición de las realidades globales ajenas al coronavirus como si el mundo hubiera realmente dejado de existir y ya no hubiera problemas, acontecimientos, guerras, hambrunas, catástrofes, noticias… fuera del ámbito europeo y norteamericano del covid19, o como si Siria, Libia, Mozambique, los refugiados malviviendo en las fronteras, hubieran dejado de también de existir con él.

Lenguaje de retórica épica plagada de emotivismo infantil disfrazado de solidaridad

Junto con la anterior, una saturación lingüística de retórica épica plagada de emotivismo infantil disfrazado de solidaridad humanizadora que lo ha invadido todo: programas, mensajes, tertulias, informativos, oraciones, homilías, canciones, aplausos y balcones. Un lenguaje bélico y sentimental que, junto con el parte diario de  datos de infectados, ingresados, fallecidos y altas médicas, ha convertido la epidemia en una peligrosa guerra en la que, mientras todos estamos atrincherados en nuestras casas, transforma en heroico el simple cumplimiento del deber profesional de sanitarios, reponedores, dependientes, cajeros, transportistas,… en primera línea de batalla, arriesgando sus vidas a pecho descubierto, prácticamente desarmados en la lucha para detener el avance del enemigo invisible del virus.

Un lenguaje que, a pesar del riesgo real (que no se debe minimizar), ha convertido en desproporcionado el pánico que ha desatado la pandemia. Sólo el año anterior, el virus de la gripe provocó en España 800.000 contagios y 52.000 ingresos hospitalarios de los que murieron alrededor de 15.000 personas en una epidemia que se repite anualmente más o menos por estas fechas y en una población vacunada contra un virus controlado. ¿Qué pasaría si cada año nos fueran dando día a día la relación de infectados, ingresados y muertos a causa de la gripe? Es verdad que este coronavirus no tiene vacuna por lo que el número de ingresos, casos graves y fallecimientos podría saturar y sobrepasar nuestro sistema sanitario, como de hecho ha estado a punto de ocurrir. Y de ahí la necesidad de confinarnos y saturarnos como a niños con el lenguaje del miedo.

Palabrería en vez de palabra

Realmente, el relato que la Administración y los medios nos están transmitiendo -y las redes y tecnologías digitales amplifican, deforman y sobredimensionan- no está siendo una descripción veraz de lo que está pasando dirigido a la inteligencia de los ciudadanos para que, convenientemente informados, tomemos decisiones correctas para nuestra salud y el bien común, sino que se trata de un mensaje casi publicitario dirigido a lo visceral y emocional con el objetivo de sensibilizar sin ningún tipo de reflexión. Palabrería en vez de palabra. Sesgo en lugar de objetividad. Emociones en vez de razones. Todos ellos rasgos muy característicos del ambiente digital.

Y, además, por supuesto, la saturación de la infoxicación. Sin duda la debilidad que con más claridad ha evidenciado el confinamiento con su necesidad de acudir obligatoria y masivamente a la información digital es precisamente su absoluta incapacidad para informar. No solo por la sobreinformación que en sí misma es un serio problema para discernir, seleccionar, reflexionar, y entender, sino por la invasión de fake news, de bulos y de falsedades que enturbian de manera implacable y sin solución el medioambiente informativo. Por poner un ejemplo, en menos de dos meses se han subido más de 1,7 millones de enlaces con información falsa sobre el coronavirus SOLO a Twitter.

Así, asistimos perplejos y desinformados al cruce de campañas soterradas de agitación y propaganda entre los partidarios de sectores políticos enfrentados reinterpretando la realidad y deformándola para llevar el agua a su molino; reenvíos de gráficas y datos contradictorios; vídeos incompatibles de supuestos expertos; noticias y testimonios incontrastables de dudosa procedencia… 

Una sopa digital de ambigüedades

Nos sumergimos en el torrente digital buscando conocer para poder pensar y no conseguimos sino hundirnos en el desconcierto, darnos contra una pared de contradicciones, una sopa digital de ambigüedades, una nebulosa de incertidumbres,…, que, como dice Byung-Chul Han nos paralizan: “La digitalización elimina la realidad. La realidad se experimenta gracias a la resistencia que ofrece, y que también puede resultar dolorosa. La digitalización, toda la cultura del “me gusta”, suprime la negatividad de la resistencia. Y en la época posfáctica de las fake news y los deepfakes surge una apatía hacia la realidad”.

En la época de la claridad y la transparencia digital, estamos ciegos. No entendemos las cifras de Portugal o Grecia comparadas con las de España. No entendemos las diferencias en las estrategias de confinamiento entre los diferentes países europeos, americanos o asiáticos. No entendemos el desorbitado número de contagios entre los sanitarios. No entendemos por qué si somos un conjunto de ciudadanos tan obediente que lo está haciendo tan bien por qué no podríamos quizá dar un paseo, montar en bici, tomar algo, comprar, cortarnos el pelo, trabajar en lo nuestro… atendiendo las normas de seguridad como hacen en otros países europeos, en vez de mantenernos encerrados mientras la economía se hunde a nuestro alrededor.

Por no entender, no entendemos ni sabemos siquiera si las mascarillas son útiles o no para evitar los contagios… No entendemos prácticamente nada de nada mientras somos la generación supuestamente mejor informada de la historia. Son las paradojas del mundo digital globalizado.

Problemas de privacidad, seguridad y extracción de datos

Pero no es solo su carácter de sucedáneo y la saturación en sus diversas formas en el abuso de su uso donde se manifiesta la debilidad de las pantallas. Hay, en tercer lugar, un problema, que puede ser aún más grave. Y es que la necesidad apremiante de utilizar estas herramientas digitales en este tiempo de confinamiento deje en un segundo plano los problemas de privacidad, seguridad y extracción de datos, que nunca han llegado a preocupar demasiado a la mayoría de los usuarios, pero que ahora con esta necesidad de uso generalizado preocupa aún menos cuando, en realidad, debería preocupar más precisamente por la magnitud de los datos que están en circulación y por la debilidad política que conlleva la pérdida de derechos en el estado de alarma.

El citado Byung-Chul Han nos cuenta cómo están las cosas en la dictadura China y en otras democracias orientales limítrofes: vigilancia digital, especialistas en macrodatos, Big data, 200 millones de cámaras de vigilancia con reconocimiento facial que “pueden observar y evaluar a todo ciudadano en los espacios públicos, en las tiendas, en las calles, en las estaciones y en los aeropuertos”, midiendo incluso la temperatura corporal del ciudadano. El Estado controlando “cada clic, cada compra, cada contacto, cada actividad en las redes sociales. […produciéndose] un irrestricto intercambio de datos entre los proveedores de Internet y de telefonía móvil y las autoridades”. “El Estado sabe, por tanto, dónde estoy, con quién me encuentro, qué hago, qué busco, en qué pienso, qué como, qué compro, adónde me dirijo. Es posible que en el futuro el Estado controle también la temperatura corporal, el peso, el nivel de azúcar en la sangre, etc. Una biopolítica digital que acompaña a la psicopolítica digital que controla activamente a las personas”.

Estado Policial digital

Es la vieja dialéctica de la seguridad –en este caso la salud– frente a la privacidad y libertad. Se está haciendo en China, Corea del Norte o Rusia, pero también en democracias como Taiwan, Corea del sur o Singapur. Y con resultados que ahora pueden vender a la afligida Europa como un modelo de éxito frente a la pandemia. Es el Estado Policial Digital que, de nuevo, venderá su eficacia, pero que puede hacer, como dice Byung citando a Georgio Agamben, que el estado de alerta pase a ser un estado de excepción normalizado y permanente en el que “el virus habría logrado lo que ni siquiera el terrorismo islámico consiguió del todo”. No quiero imaginar lo que esto supondría para la democracia española con cualquier gobierno, pero con este presidido por Sánchez y, sobre todo, vicepresidido por Iglesias, cualquier camino que escoja la imaginación es estremecedor.

Los tiempos de crisis son tiempos propicios para cambios drásticos. No podemos permitir que la falsa prudencia o el miedo nos hagan ceder nuestros derechos ciudadanos. Y más cuando otra de las consecuencias negativas del confinamiento y su vertiente digital es la agudización de la crisis de la prensa sobre todo de la escrita. Dice Hugo Saez que “con la llegada del confinamiento, la publicidad en prensa se va a reducir más de un 50%, la entrega por suscripción prácticamente se ha detenido y se ha producido una enorme reducción en la venta en quioscos. Puede ser una herida de muerte.” Aunque siga siendo imprescindible para la salud de la democracia, que también quedaría muy maltrecha.

No. Definitivamente no creo que esta crisis fortalezca la consideración ciberoptimista de las pantallas y de su abuso. Más bien, ha puesto de manifiesto, como nunca antes, las dos caras contrapuestas de esa moneda tecnológica: sus ventajas y sus riesgos. Nosotros continuaremos aconsejando las buenas prácticas que potencian sus ventajas y trataremos de analizar, criticar y advertir de sus riesgos en beneficio de los usuarios como hemos venido haciendo hasta ahora.

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