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De Teruel no es cualquiera

Mis padres hicieron eso que hoy se llama salir de la zona de confort: emigraron. De un pueblo de Teruel -donde cada año el cielo se empeñaba en descargar granizo sobre las vides de las que colgaban cribatenajas, provechón, blancas o garnachas, todas bien avanzadas de envero- a Zaragoza.

Se trajeron en la maleta una humildad de la que sólo pueden ser acreedores los casi pobres de solemnidad.

Años después me tocó salir de la zona de confort a mí. En mi maleta ya viajaban dos corbatas, dos americanas, una plancha plegable (sí, eso existe) y, en el doble fondo, los restos de la humildad aquella turolense, como un pequeño tesoro que me habría de acompañar muchos años. 

Empezaba el becario entonces una carrera bancaria de altas esferas, bajos salarios, puñaladas traperas, envidias cochinas y tanta hipocresía que las máquinas de contar billetes se atascaban de olor a pufo, como los intestinos de Falete con los polvorones navideños de Estepa. 

De París a Zaragoza viajé en trenes infinitos como la Palombe Bleue, aguantando las ganas de orinar en el traqueteo de la noche, siempre en la litera superior, para vigilar la bolsa de deporte con mis magras pertenencias y algún regalo de cumpleaños. Pero eso es otra historia.

Ousman Umar estuvo el otro día en Vigo. Su viaje de Ghana al país de los blancos duró casi cinco años. Atravesó a pie el Sáhara, donde vio morir a 40 de sus 45 acompañantes en esa travesía. En mi cabeza La Palombe Bleue se convertía por arte de magia en el Orient Express.

“Un día el pueblo ardió. La casa de mi padre también. Vinieron las monjas y dejaron un saco de arroz en cada casa. A mi padre se le había quemado la casa pero no el campo. Ese año mi padre no pudo vender el arroz que cultivaba. Un año después el pueblo no ardió pero las monjas volvieron y dejaron un saco de arroz en cada casa. Mi padre no pudo vender, de nuevo, el arroz que cultivaba. El tercer año mi padre no plantó arroz, “para qué”, se dijo. Ese año las monjas no volvieron”.

Esta historia que nos contó Ousman acababa con un ruego: “tengan la humildad de escuchar”.

De todas las palabras mágicas que alguien puede nombrar, “humildad” es, para mí, la más maravillosa.

El pasado mes de septiembre se celebró en Vigo el evento Vivencia 2021. En él, participaron ponentes de talla internacional, profesionales admirables, algún héroe de los de “yo pasaba por ahí”. Gente de la que aprender mucho y que han compartido experiencias personales y profesionales emocionantes. Muchos tuvimos la oportunidad de escuchar.

En este soberbio mundo de marcas personales, egos, likes y dopaminas digitales, sorprende encontrar humildad donde menos te lo esperas. Y eso reconforta.

Hace un año falleció Joaquín Carbonell y estos días se le hace un homenaje en mi tierra, al que mi condición emigrante me impide acudir. Joaquín cantaba “De Teruel no es cualquiera”, que no es un himno casual. Soria, Badajoz, Jaén, Cuenca, Albacete, seguro que tienen himnos similares con sus respectivas melodías de orgullo y abandono. 

Teniendo raíces tan de secano, sólo puedo sumarme al ruego de Ousman: “tengan la humildad de escuchar”. Si es a alguien de Ghana (o de Teruel), mucho mejor.

Escuchar es una vacuna maravillosa que previene contra la ignorancia mayúscula y la ceguera atroz que aqueja a los que pasean banderas por Chueca vestidos de cucaracha y haciendo el saludo romano.

Se lo garantiza un becario. De nada.

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