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META o el silbido del viento

Confieso que el anuncio de la aparición de META y su universo paralelo, más o menos explicado por su “apropiacionista” Mark, me pilló un tanto descolocado.

Pese a mi calidad de becario, hace mucho tiempo fui la primera persona en hacer una campaña de Google AdWords (entonces) en uno de los mayores bancos del país. Luego ya como becario en otra empresa financiera, me empeñé en formarme en marketing digital.

Me descargué Tik Tok antes que muchos chinos (y me pareció un lugar muy próximo a la explotación de la sexualidad infantil). Me hice un Meetic recién divorciado (ya llovió) que pagué durante seis meses para aprovechar diez días. Vamos, lo mismo que hago hoy día con el gimnasio.

No cuento todos estos irrelevantes datos biográficos por querer parecer un visionario. Sólo pretendo ilustrar que, para algunas cosas, me gusta testar, ser muy early adopter. Al menos todo lo que mi frugal economía me permite.

He estado leyendo cosas por ahí sobre META y, sintiéndolo mucho, creo que no vais a ver al becario por ahí ni para cotillear de qué va la vaina. ¿Por qué?

De entrada, hasta en la iconografía, META me huele a una religión, a una secta, a un secuestro, a un tremendo fake al que nos van a pedir que le regalemos el alma (ya nadie las compra).

Hace tiempo que Facebook me aburre soberanamente, que el algoritmo me muestra sandeces de mis más alejados humanos reales, mientras intercala publicidad repetitiva y mal segmentada hasta la saciedad. Hace más tiempo aún, busco huir y rechazo todas las notificaciones (por mucho que configures siempre hay más) y no le dedico el tiempo que sus previsiones de tique medio por cliente prevén.

Es cierto que todo servicio, toda plataforma, necesita una monetización y que aún estamos aprendiendo a nadar en una ola digital que hace mucho nos pasó por encima. Tengo el sentimiento de que Facebook está haciendo política de tierra quemada, exprimiendo su media naranja (el usuario) hasta la última gota de nuestra sangre, amén.

Y llegado Facebook al punto del escándalo, la nula ética empresarial, el escenificado juicio político, sacado el máximo rendimiento de la máquina tragaperras, inventa algo que está por desarrollar, META, pero que tiene, en mi imaginario, un único fin: quedarse con tu vida (y ganar más pasta con ello).

Vale, escuchar esto puede sonar alarmista, en plan aquello de que tuviéramos cuidado con el señor que repartía droga en los caramelos a la puerta del cole. Nunca lo encontramos (chiste malo).

Si desde hace tiempo el principal fin de Facebook (y de Google, Tik Tok, Amazon…) es que pases el mayor tiempo posible dentro de su aplicación, porque así te muestra anuncios y gana pasta gansa, ¿qué puede interesar más que tu tiempo? ¿Y qué es tu tiempo? Vida.

Por eso META va a construir el plató del show de Truman y hará todo lo que esté en su mano (y en su cartera) para que entres ahí y pases dentro el mayor tiempo posible.

Para que veas publicidad y juegues, y veas publicidad, y compres (dentro) y veas más publicidad, y chatees, y veas publicidad, y ligues, y veas publicidad, y tengas sexo, y veas publicidad, y así ad infinitum.

No me verán por META. Sé que tienen la alarma preparada para llamar tu atención cuando estés “perdiendo” el tiempo: disfrutando la sombra de un carballo, la belleza del paisaje, el canto de un ave, la espuma de la ola, el abrazo de un amigo, el partido de tu hijo un sábado por la mañana, la piel erizada por una caricia, la zambullida del cormorán, el bostezo de la siesta, las chispas de la hoguera o el silbido del viento en la vieja ventana.

Ahí, en el silbido, aún no nos pueden colocar la publicidad, ahí, en el silbido, es donde somos libres, más libres que en Madrid.

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