Una emergencia sanitaria de las dimensiones y gravedad de la crisis del coronavirus obliga a hacer un esfuerzo descomunal en materia de comunicación. Y más aún en el actual contexto: en plena era de las redes sociales y de los canales de mensajería, herramientas que lo mismo sirven para lograr una comunicación directa y eficaz con los ciudadanos que para intoxicar, manipular y atemorizar a la opinión pública. Lo estamos comprobando en toda su crudeza.
Ya he dicho en estas mismas redes y también en artículos e intervenciones en medios de comunicación que en una situación como ésta lo que toca es confiar en las autoridades sanitarias y cumplir con las recomendaciones que se nos dicten. Y para eso, hace falta que los portavoces autorizados traten a los ciudadanos como lo que son, mayores de edad a los que hay que explicarles la gravedad de la situación tal y como es, aportando información fiable y constante de la manera más transparente posible y con el tono adecuado.
He defendido y sigo defendiendo con ahínco y pese a algunas críticas la actuación comunicativa de Fernando Simón como portavoz de la Administración en esta crisis, apoyo que, en justicia, quiero extender al ministro de Sanidad, Salvador Illa, y a gran parte de los dirigentes políticos de casi todo el arco parlamentario que también están mostrando la serenidad que requiere esta emergencia.
En estos casos, no se trata de ir haciendo llamamientos a la calma, sino de mostrarse calmado; no se trata de apabullar a quienes te escuchan con cientos y cientos de datos, sino de explicar con claridad, sencillez y un estilo pedagógico que permita que la inmensa mayoría de los ciudadanos entiendan los mensajes que se están lanzando; y, por último, no se trata de levantar falsas expectativas sobre remedios milagrosos que vayan a llegar, pero sí de mostrar cierta seguridad.
Lo resume bien en este decálogo que ha publicado en sus redes sociales la experta en comunicación política Verónica Fumanal.

Suscribo este decálogo y animo a las Administraciones, partidos e instituciones que a la vez que coordinan las actuaciones sanitarias, sociales y económicas que sigan manteniendo el espíritu de unidad y de coordinación a la hora de transmitir los mensajes de prudencia y de calma a la población del país.
Ya habrá tiempo, cuando todo pase, de hacer un ejercicio de crítica y de autocrítica y de exigir las responsabilidades que sean necesarias. Pero ahora no es momento ni de mostrar desunión, ni de caer en el peor de los escepticismos ni, por supuesto, de empezar a hacer más caso a todos esos epidemiólogos sin carné que pululan por las redes sociales. Debemos seguir confiando en nuestras autoridades sanitarias, sobre todo, si éstas siguen comunicando de la manera en la que lo están haciendo. Seguro que cometiendo errores, pero aportando información de forma constante e intentando aportar serenidad y calma. Es decir, haciendo lo que hay que hacer.