Qué se nos debe pedir a los periodistas (y a los opinadores) en esta crisis del coronavirus

Los consultores políticos no son ‘maquiavelos’ (aunque alguno lo parezca). Por Juan Carlos Blanco.

  • Para el autor, los consultores de comunicación política no son rasputines que han aprendido viendo series en Netflix y en HBO. Y si alguien quiere serlo, entonces no es un consultor, sino un político a secas.
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Hace un par de semanas leía con interés un intercambio de ideas muy estimulante a cuenta de un artículo de opinión publicado en El Confidencial por el profesor de Derecho Constitucional Francesc de Carreras –¿Gobernados por una consultocracia?– en el que arremetía contra aquellos consultores políticos que estarían arrogándose competencias que no les corresponden y tratando a sus clientes y jefes como si éstos fueran marionetas controladas por algún Maquiavelo demasiado influido por las series de Netflix o de HBO. 

Le respondía, poco después, en las mismas páginas de El Confidencial, la presidenta de la Asociación de Comunicación Política (ACOP), Verónica Fumanal, quien refutaba las acusaciones y ponía realidad donde, quizás, hay también algo de leyenda urbana. Por resumir, decía Fumanal que las generalizaciones son también aquí injustas y que, en política, quienes toman las decisiones y marcan los objetivos son los políticos, no sus asesores. 

Un consultor de comunicación política aconseja, asesora, diseña y ejecuta estrategias informativas, pero no tiene esa última palabra casi omnímoda que le atribuyen algunos. 

Es un profesional que cumple con una labor que cada vez es más necesaria en estos tiempos de política ansiosa y en tiempo real en la que los eslóganes de consumo rápido han sustituido a las ideas. 

Pero es sólo eso, si acaso un artesano que sabe manejarse en terrenos que para otros son cenagosos, más aún ahora que los parlamentos parecen haberse desplazado a las plazas públicas de las redes sociales. Aporta un valor añadido y para eso le contratan, pero, salvo en algún caso que a todos se nos viene a la mente, no es un Rasputín armado con un móvil y unos cuantos bots que confunde su lugar en la corte de la política. 

La zascacracia

No le quito algo de razón a Francesc de Carreras. La deriva de las campañas nos puede hacer pensar que estamos soportando también una pandemia de spin doctors más obsesionados con ganar las batallas de los relatos y los zascas que con ayudar a ganar unas elecciones. Lo estamos viendo y soportando en Madrid, donde las luminarias castizas de Occidente parecen obligar a los madrileños a elegir entre el comunismo, la libertad, el fascismo y la democracia (ahí, con un par…de marcos mentales). 

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