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La diversión de un mundo felicísimo

Mientras leo atentamente el último libro de Nicholas Carr, me encuentro en un XLSemanal un artículo de Juan Manuel de Prada, ‘Un mundo felicísimo’. Me sorprende por ser casi copia exacta de un post nuestro anterior. En 1991, se publica en España, Divertirse hasta morir, en el que Neil Postman plantea una oposición entre Orwell y Huxley. Y lo hace confrontando sus dos visiones del futuro –1984 y Un mundo feliz– unidas por la convicción pesimista de que el hombre sucumbirá ante la opresión y opuestas en la tesis sobre el agente que provocará esa falta de libertad: en Orwell, una dictadura violenta de corte comunista con un Gran Hermano omnipresente, censor y violento. En Huxley, una feliz renuncia a la libertad en el sumidero del entretenimiento y el placer.

No sabía yo que, como nos cuenta Prada, esta oposición la planteó el mismo autor de Un mundo Feliz. Y es que, cuando se publicó 1984, escribió una carta a Orwell. “Pienso que, en la próxima generación, los amos del mundo descubrirán que el condicionamiento infantil y la narco-hipnosis son más eficaces como instrumentos de gobierno que las cachiporras y las cárceles. Y que el anhelo de poder podrá colmarse tan satisfactoriamente sugiriendo a la gente que ame su servidumbre como flagelándola y golpeándola hasta conseguir su obediencia”.

Profecías apocalípticas

En el post abajo reseñado, yo recogía estas palabras de Postman:

“Postman nos advierte de dos profecías apocalípticas contemporáneas que pudieron marcar la historia del siglo XX. Ambas nos describen el mismo peligro, la pérdida global de la libertad personal. Pero lo hacen desde extremos contrapuestos: “Orwell —nos dice— advierte que sobrevendrá sobre nosotros una opresión impuesta externamente.  Mientras que en la visión de Huxley, ningún Gran Hermano será necesario para privar a la gente de su historia, madurez y autonomía. Tal y como él lo vio, la gente llegará a amar su opresión, a adorar las tecnologías que deshacen sus capacidades para pensar.

Lo que Orwell temía era a aquellos que prohibirían los libros. Lo que temió Huxley era que no hubiera ninguna razón para prohibir los libros, porque no habría nadie que quisiera leerlos.  Orwell pensó que se nos privaría de la información; Huxley que sería tan abundante que nos reduciría a la pasividad y el egoísmo. Orwell profetizó que la verdad se nos ocultaría; Huxley que se ahogaría en un mar de superficialidad. (…) En 1984, la gente era controlada mediante el dolor. En Un Mundo Feliz, lo era mediante el placer. En definitiva, mientras que Orwell temió que aquello que odiamos sería nuestra ruina; Huxley temió que nos arruinaría lo que amamos”.

Técnicas

Prada se recrea en la descripción de las técnicas empleadas por ese mundo feliz (felicísimo, titula) en el que ya estamos instalados:

“La caricia halagadora, el entontecimiento hipnótico que nos convierte en zombis, […] un bazar de entretenimientos idiotizantes que nos eunuquizan mentalmente y nos abrasan el alma, a la vez que nos convierten en ególatras dominados por nuestras gónadas […] Un mundo anegado de información, una catarata informe y atosigante de información que no podemos digerir y que, a la postre, nos convierte en un rebaño de autómatas pasivos, incapaces de cualquier reacción, o bien en jenízaros que obedecen las consignas de la propaganda al modo pauloviano. […] Un mundo en el que la verdad es menospreciada, ensordecida por un estruendo de dulces mentiras, y quienes la portan son execrados como profetas de calamidades. […Un mundo en el que] todo amago de rebelión es desactivado mediante técnicas de exaltación de derechos y libertades y mediante el suministro de placeres idiotizantes.

[Un mundo en el que la gente se muestra ante la injusticia] incapaz de reacción; o que su reacción es una rabia enviscada y destructiva que, tras el desahogo, conduce a la postre a la esterilidad y la melancolía; o que, en el mejor de los casos, su reacción es un puro aspaviento inane que no contribuye a cambiar el estado de iniquidad en el que chapoteamos. [Un mundo en el que se mezcla una manifestación en defensa del trabajo digno con la hinchada enfervorizada o enfurecida por una victoria futbolística y en el que creamos] estúpidamente un hashtag en Twitter, protestando por tal o cual calamidad, para quedarnos enseguida amuermados, tras el desahogo.

Meras respuestas emocionales (¡emoticonos!) que se diluyen en la inanidad ambiental y que enseguida se extinguen entre el bombardeo de gratos estímulos que nos dispensa la nueva tiranía. [Un mundo, en fin, en el que el Soma de la novela de Huxley se ha convertido en el cristal líquido de nuestras pantallas que, al ser digitales nos proporcionan además la ilusión de estar eligiendo a dedo, libremente,] la hipnosis que nos suministran”

Audiencia teleadicta

Mi post, no era menos intenso en la descripción:

“No parece que el Gran Hermano de 1984 sea hoy una amenaza. Sin embargo, ¿no se materializa ante nuestros ojos el triste Mundo Feliz de Huxley con la telerrealidad del Gran Hermano televisivo – ¿15 ediciones ya?- o el liderazgo idiota de una Belén Esteban infumable, puntas del iceberg de una cómoda tiranía de la que disfrutan millones de insatisfechos telespectadores?”

Sí, “somos un pueblo al borde de divertirnos hasta la muerte… una población distraída por trivialidades»…una audiencia teleadicta y adolescente, presa del entretenimiento, impenetrable a las ideas, cegada por el brillo deslumbrante de los focos del espectáculo y de las imágenes”.

Y habría que añadir, sólo cuatro años después, ensordecida por el griterío absurdo de las redes sociales.

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